El relato de una testigo que trabajó en Wachitas bar desnudó una realidad repugnante que funcionaba a plena luz del día en Nueva Córdoba. La denunciante confirmó que el establecimiento servía de fachada para un sistema de explotación sistemática de mujeres, donde se incluía la venta de drogas, la imposición de prácticas sexuales aberrantes y la presencia de menores en condiciones de absoluta vulnerabilidad.
Este esquema delictivo no operaba en la clandestinidad absoluta, sino bajo un sistema de constantes clausuras y reaperturas que exponen una red de complicidad política. Según el testimonio, cada faja de clausura colocada por inspectores municipales era ignorada sistemáticamente tras el pago de sobornos, permitiendo que este antro continuara operando con total impunidad mientras el Estado miraba hacia otro lado.












