Aquel canto, inspirado en una reversión de "Go West" de Pet Shop Boys, cruzó fronteras y transformó a Mariscotti en una especie de cábala para los hinchas, pese a que ella misma confesaba que no veía los partidos por superstición. Hincha de Boca y admiradora de Lionel Messi, su casa se volvió un punto de encuentro para fanáticos que se acercaban a compartir los festejos.
Aunque no tenía hijos ni nietos, el fenómeno popular la adoptó como "la abuela de todos", un símbolo espontáneo de la alegría colectiva que acompañó la consagración argentina en Qatar. Con el correr del tiempo, mantuvo un perfil bajo y evitó dejarse llevar por la fama, insistiendo en que quería continuar con su vida habitual en el barrio.
Vecinos y allegados la despidieron en una misa en su memoria, recordando su cercanía y su presencia habitual en la parroquia San Enrique. Su figura, nacida en una esquina de Liniers en medio de los festejos, quedó asociada para siempre a una de las imágenes más genuinas de la última conquista mundial.