La ruptura terminó de volverse viral poco antes de las elecciones en las que el partido de Milei, La Libertad Avanza (LLA), se jugaba el control de las dos Cámaras del Congreso. Tal era la ira y la virulencia de la derecha woke contra Milei, que incluso llamaron a votar en su contra. El resultado de dichas elecciones (exitoso para el libertario) demostró que al menos en Argentina, la derecha woke es no sólo marginal, sino pusilánimemente ridícula. Pero la discusión de base es otra.
La pugna entre la derecha woke vs. el mileismo, sucede en un momento de reconfiguración de las fuerzas políticas en la región. En este contexto, Agustín Laje, un intelectual que ha moldeado en gran medida la narrativa de la derecha emergente hispana, terció en la pelea defendiendo a Javier Milei. Esto enloqueció a la derecha woke hispana que había patrimonializado a Laje.
En el marco de un encendido debate en X, Laje sostuvo que no era verdad que el presidente argentino no hubiera dado la “batalla cultural” que había prometido, y posteó una lista de acciones que la Administración Milei había llevado a cabo en pos de dicha batalla.
Por lo cual, Laje concluía que la razón de la virulencia de la derecha woke contra el presidente era en realidad otra: "lo que les molesta, en realidad, es algo que estaba ausente por aquél año, o que lo tenían bien escondido: un odio abierto al judaísmo, como articulador fundamental de todo el discurso político".
"Esto jamás existió entre 2018 y 2024, ni por asomo. Vida, familia, libertad, propiedad, soberanía nacional: ninguno de todos los inmensos avances en estos terrenos (por los que veníamos peleando hace años) parece atraerles en lo más mínimo, ante un Milei que simpatiza abiertamente con el judaísmo. Este último, pues, es el núcleo de la cuestión", agregó.
III. La raíz filosófica: La derecha woke y el posliberalismo
Esta hostilidad se enmarca en un debate filosófico que ha ganado tracción en la última década: el posliberalismo. Este movimiento, que ataca los cimientos del liberalismo clásico, constituye un paraguas para el surgimiento de una "derecha woke": una facción obsesionada con la identidad, el colectivismo estatal y la moralidad impuesta.
Si bien el movimiento viene de lejos, es cierto que en 2018 era un debate específico entre unos pocos excéntricos. Pero ahora está en la palestra. Los posliberales se oponen al liberalismo clásico como marco teórico que prioriza los derechos individuales como fuente de autoridad política y desarrollo humano.
Los posliberales consideran que este liberalismo es una fuerza secularizadora (incluso llegan a usar la descripción de “satánica” de forma no irónica) que utiliza el lenguaje de la libertad para ocultar el verdadero objetivo: negar la autoridad superior del “bien común". En este sentido son críticos de conservadores como William F. Buckley Jr., Milton Friedman o Ronald Reagan.
De ahí la idea de “posliberalismo”. Consideran que los problemas políticos y económicos actuales son consecuencias de adoptar principios liberales en el derecho, la cultura y la economía. El liberalismo se vuelve “estructural” para los posliberales de la misma manera que el racismo lo es para los teóricos críticos de la raza: el sistema mismo es la fuente del problema. En este sentido, su filosofía podría enmarcarse en una teoría crítica más, como cualquiera de las que propone la izquierda woke.
El posliberalismo sostiene que se perdió la batalla cultural porque se aceptaron los límites del liberalismo, tanto en su versión económica como política, impidiendo usar el poder del Estado para promover su ideología, sosteniendo además que la autonomía del individuo erosionó las bases morales de occidente. Algunos autores afirman que concebir al Estado únicamente como garante de libertades individuales resulta insuficiente para enfrentar la “batalla cultural”. Una postura casi calcada del viejo constructivismo.
El posliberalismo rechaza la idea de un Estado limitado y el “fusionismo”, la doctrina que unía liberalismo y tradicionalismo, y que influyó profundamente en Reagan. Consideran que esa alianza ya no responde a la realidad social contemporánea y que hoy opera como un freno para cualquier intento de reconstrucción moral.
Como todos los movimientos ideológicos, el posliberalismo es una especie de gran conjunto dividido en subfacciones que pueden discrepar entre sí. Dicho esto, una de las facciones es esta derecha woke que se muestra hostil hacia los mercados libres, el libre comercio, la imparcialidad del Estado y las intervenciones militares extranjeras.
En contraste son más favorables a la intervención estatal, los consensos progresistas de la redistribución, el Estado de Bienestar y la justicia social. Muchas sub facciones de la derecha woke se asocian con el integrismo católico y con el anticapitalismo.
Gran parte de la derecha woke vio en la era post woke y el surgimiento de figuras que llegaron al poder como Trump o Milei, una oportunidad para redefinir la derecha de manera que los favoreciera. Si bien apoyaron electoralmente a estos políticos, filosóficamente suscriben a ideólogos como Alexander Duguin o Pat Buchanan. En muchos sentidos, parasitaron a los líderes de las derechas alternativas para crecer al calor de sus éxitos, y ahora sienten la frustración de permanecer en la marginalidad electoral.
IV. La batalla por la identidad de la derecha:
El posliberalismo como marco ideológico/filosófico no es sinónimo de la derecha woke. Es más bien ese paraguas dónde estas facciones y otras se acomodan y mutan. En sí misma, la derecha woke como fenómeno reaccionario posee las mismas condiciones ideológicas inviables que las de su gemela de izquierda.
Es quejosa, contradictoria, falsaria y endogámica. Inevitablemente “empodera” a quienes definen su identidad sólo a través del colectivo victimizado. El liberalismo fue criptonita para este fenómeno, el iliberalismo lo quiere instrumentalizar.
La historia reciente demuestra que, una vez que se construyen este tipo de movimientos, los totalitarios terminan administrándolos. El mesianismo iliberal de la derecha woke cree haber encontrado su hora y no se detendrá en sus ataques, incluso si para ello debe dinamitar a los líderes que alguna vez utilizó como vehículos tácticos. Por ahora, al menos en Argentina, su impulso destructivo tiene un límite: la realidad electoral.
No obstante, es importante tomar nota y revisar cómo estos personajes se infiltraron en partidos políticos y fundaciones en el lapso que cita Laje, entre 2018 y 2024, haciendo autocrítica de cómo nos dejamos engañar y de cuántas banderas rojas pasamos por alto. El conflicto actual no es una interna pasajera, sino una disputa decisiva por la identidad moral e intelectual de la derecha para las próximas décadas. Y esa batalla recién empieza.















