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Don Chatarrín de los tubitos caros

Don Chatarrín de los tubitos caros
Don Chatarrín de los tubitos caros
porJuan Gabriel Flores
opinion

Se acabó la era de cazar dentro del zoo y el empresariado protegido entra en pánico.


Durante décadas, una parte significativa del empresariado argentino vivió convencida de que competir no era una necesidad, sino una molestia ocasional. La lógica era simple y profundamente estatista: producir bajo reglas diseñadas a medida, con barreras de entrada, protección regulatoria y un Estado dispuesto a garantizar rentabilidad sin riesgo. Ese esquema no fomentó innovación ni eficiencia; fomentó dependencia. Y cuando el mercado aparece de verdad, el impacto no es solo económico: es cultural.

La reciente licitación que dejó fuera de juego a un gigante histórico del sector industrial Techint no sacudió al empresariado por el monto ni por el contrato en sí. Lo que lo sacudió fue el mensaje implícito. Esta vez no alcanzó con el apellido, el lobby ni el peso político. Esta vez ganó el que ofreció mejor precio y mejores condiciones. Nada más. Nada menos. En una economía normal, eso sería una obviedad. En la Argentina, fue una señal disruptiva.Y el presidente Milei no dejó pasar la oportunidad: definió en X a Paolo Rocca, dueño de Techint, como “Don chatarrin de los tubitos caros.”

Durante años, el discurso dominante asoció “industria nacional” con privilegio permanente. Se instaló la idea de que defender la producción local implicaba cerrar la economía, manipular precios y excluir competidores. Bajo ese relato, la eficiencia dejó de ser un objetivo y la innovación pasó a ser optativa. La protección no fortalece a la industria: la infantiliza. Le quita incentivos para mejorar, reducir costos y elevar estándares. La convierte en rehén del poder político de turno.

El resultado está a la vista. Empresas acostumbradas a operar en un ecosistema cerrado descubren, de golpe, que no son competitivas cuando se enfrentan al mundo real. Y lejos de asumir responsabilidades, reaccionan como siempre: pidiendo reglas “especiales”, denunciando “competencia desleal” y reclamando la intervención del Estado. Es la respuesta típica del capitalismo prebendario, no del capitalismo genuino. No hay autocrítica, hay nostalgia por el privilegio perdido.

Este tipo de episodios cumple una función clave: desnudar la estructura rentística que el estatismo construyó durante décadas. Cuando se eliminan distorsiones, el mercado reasigna recursos hacia quienes mejor los utilizan. Eso no es ideología; es cálculo económico. Y ese cálculo es imposible cuando el Estado altera precios, protege ineficiencias o decide ganadores y perdedores según conveniencias políticas.

La Argentina no fracasó por falta de empresarios, sino por exceso de empresarios protegidos. El problema no fue la industria, sino el modelo que la rodeó: un entramado de subsidios, regulaciones selectivas y cierres arbitrarios que reemplazó la competencia por la cercanía al poder. En ese contexto, invertir en lobby resultó más rentable que invertir en tecnología, capacitación o escala productiva.

No es casual que este fenómeno ocurra en un contexto político distinto. Cuando el discurso oficial deja de glorificar el proteccionismo y empieza a reivindicar la competencia, el cambio no es inmediato, pero es inevitable. La lógica del privilegio empieza a resquebrajarse. Y quienes vivían cómodos bajo ese esquema reaccionan con alarma porque entienden algo fundamental: sin Estado protector, quedan expuestos.

La izquierda y el peronismo intentarán presentar este proceso como una “entrega” o una “pérdida de soberanía”. Es el libreto de siempre. Pero la verdadera pérdida de soberanía ocurrió cuando la economía fue secuestrada por un puñado de empresarios amigos del poder, incapaces de competir sin muletas estatales. La soberanía real no se defiende cerrando mercados, sino abriéndolos y confiando en reglas claras, previsibles y universales.

O se acepta la lógica de la competencia, o se cae —una vez más— en el intervencionismo crónico que termina asfixiando la producción y empobreciendo a todos. La Argentina está empezando a transitar, con resistencia y ruido, ese punto de inflexión. Y cada licitación ganada sin privilegios es un golpe directo al corazón del viejo modelo.

El mensaje es incómodo, pero necesario. Cuando el proceso es limpio, los que pierden no son víctimas del sistema, sino de sus propias decisiones pasadas. El mercado no pide disculpas. No explica. No negocia. Simplemente avanza.


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