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Estar del lado correcto de la historia ya no admite excusas

Estar del lado correcto de la historia ya no admite excusas
Estar del lado correcto de la historia ya no admite excusas
porJuan Gabriel Flores
opinion

La libertad deja de ser un discurso y empieza a marcar el rumbo global.


Hay momentos en la historia en los que los hechos se alinean con una claridad brutal. No hay relato que los tape, ni aparato que los distorsione, ni propaganda capaz de torcer lo evidente. Cuando eso ocurre, las sociedades quedan frente a una disyuntiva simple y profunda: o se aferran a la nostalgia autoritaria, o asumen el costo —y el beneficio— de la libertad.

No es una discusión técnica ni un matiz ideológico. Es una definición histórica.

Ese momento llegó. Y el mundo empezó a moverse en consecuencia.

El mapa global está cambiando y, por primera vez en décadas, la Argentina decidió pararse del lado correcto de la historia: el de la libertad, el comercio, la soberanía real y el orden. Todo lo demás es pasado. Un pasado que se resiste a morir, pero que ya no ofrece futuro. Lo verdaderamente disruptivo no es el discurso, sino la decisión de abandonar definitivamente la ambigüedad.

Ese quiebre también se expresa en la región. Mientras las dictaduras tiemblan, la libertad avanza. La excarcelación de presos políticos en Nicaragua no fue un gesto humanitario ni una concesión moral: fue una señal de debilidad. Un reflejo de miedo. La captura de Nicolás Maduro marcó un punto de inflexión histórico. No se trata de un episodio aislado ni de una anécdota regional. Es, sin exagerar, el mayor shock de libertad del siglo XXI. Un golpe directo a los regímenes que viven de matar, torturar, violar y secuestrar ciudadanos por pensar distinto.

Durante años se intentó relativizar lo evidente. Se habló de “modelos alternativos”, de “procesos populares”, de “democracias distintas”. Esa coartada ideológica empieza a derrumbarse. El mundo comenzó a entender lo que muchos denunciaron en soledad: el socialismo del siglo XXI no es una experiencia política fallida, es crimen organizado con retórica revolucionaria. Y cuando la impunidad ideológica se termina, el efecto es contagioso. Los regímenes se miran entre sí y comprenden que ya no son intocables.

En ese escenario global, la decisión geopolítica de Javier Milei adquiere una dimensión histórica. Reconocer una alianza irrestricta con Estados Unidos e Israel no es una provocación ni un gesto simbólico: es una definición estratégica.

Probablemente, la más importante de la política exterior argentina en cien años. La Argentina dejó de ser un satélite irrelevante del tercermundismo discursivo para ocupar un lugar claro en la nueva configuración global. Por eso molesta tanto. Porque saben que es una decisión irreversible. No hay vuelta atrás cuando un país elige reglas claras, aliados fuertes y valores occidentales sin complejos ni ambigüedades morales.

Ese giro externo no quedó en declaraciones. Tiene una traducción concreta en decisiones económicas que rompen con décadas de encierro. Argentina decidió competir. El acuerdo entre el MERCOSUR y la Unión Europea, autorizado tras más de treinta años de negociaciones estancadas, es histórico: acceso preferencial a un mercado de 450 millones de personas, eliminación de aranceles para el 92% de nuestras exportaciones y beneficios directos para el 99% del agro regional. Más comercio, más inversión, más empleo. No es ideología. Es sentido común. Es entender, de una vez, que producir y exportar es la única política social sostenible.

Ese cambio de rumbo también se expresa hacia adentro. Del caos a la estabilidad. De la emergencia permanente a la previsibilidad. Las reservas se fortalecen, las tasas dejan de ser confiscatorias y la política monetaria abandona la lógica del parche eterno. La economía no “se está acomodando”: salió del pozo. Y eso incomoda especialmente a quienes apostaron al fracaso como estrategia política.

Por eso molesta que el Banco Central acumule reservas, compre dólares, cierre acuerdos de estabilización y normalice relaciones financieras internacionales. Cada dato positivo es una mala noticia para el kirchnerismo y una buena noticia para el país. La primera semana de 2026 fue elocuente: no pegaron una. La realidad volvió a imponerse sobre el deseo.

Los resultados ya se ven en la economía real. En 2026, las exportaciones del campo alcanzarán las 110 millones de toneladas. Y mientras algunos anunciaban desastre, el turismo explota: ocupación récord, consumo genuino, sin “plan platita” ni anabólicos fiscales. Sin relato. Con hechos.

La Argentina volvió a decidir. Y eso es lo verdaderamente disruptivo. No eligió un parche ni una transición tibia. Eligió un rumbo. En un mundo que empieza a castigar al autoritarismo y a premiar a las sociedades que apuestan por la libertad, quedarse del lado correcto de la historia ya no es una consigna: es una responsabilidad. Y, esta vez, no hay marcha atrás.


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