Gral. Esteban Arze
En un tercer oficio de ese mismo día, dirigido al Gobierno, el general remite a Buenos Aires: “un cañoncito, dos granadas de mano y una bala de los arcabuces que usa el ejército de Cochabamba, á falta de fusiles: todo esto prueba el ardor de aquellos patriotas: si las demás provincias hicieran otro tanto, muy pronto se acabarían los enemigos interiores, y temblarían los que nos acechan”.
Tan entusiasmado estaba Belgrano, que mandó a la Capital muestras del rudimentario armamento con el que se batían los patriotas altoperuanos, para que en Buenos Aires supieran del fervor y la decisión que movía a los cochabambinos. Los arcabuces eran ya armas obsoletas y anacrónicas para la época, y sin embargo, los revolucionarios los seguían utilizando, a falta de mejores armas de fuego. El cañoncito que remitía permitía únicamente usarse en el hombro de los soldados.
La correspondencia personal de Belgrano con su amigo Rivadavia
El 11 de Mayo de 1812, ya desde Jujuy, Belgrano se dirige a su amigo, Bernardino Rivadavia: “con dos mil hombres buenos esto se acaba pronto, y si lo dejamos para luego, mucho me temo que se pierda para siempre”. En otra carta privada suya del 3 de Junio, le expresa que necesita refuerzos, en forma urgente, pero que entiende que las fuerzas disponibles deben ser enviadas a contener la amenaza de la Banda Oriental y los portugueses, ya que si triunfan éstos, se termina toda la revolución. Se queja de las mentiras de los realistas: “observe lo que ejecuta Goyeneche; aparenta con sus contestaciones, de que V. se halla impuesto, de que desea la paz, para entretenernos, y mientras, cargar sobre los infelices indefensos, matar hasta inocentes, quemar los pueblos e ir a destruir Cochabamba, si le es dable, alucinando además a los naturales que pronto se abrazarán con nosotros, que ya le pedimos la paz”.
La propaganda de Goyeneche era implacable, a fin de demoler la resistencia revolucionaria. Buscaba ganar tiempo con Belgrano, mientras aniquilaba a los cochabambinos. A los indios indecisos, los engañaba, diciéndoles que todo ya estaba arreglado con Belgrano y que no valía la pena seguir luchando por una causa perdida.













