Argentina discutió, durante décadas, cómo repartir recursos escasos. Subsidios, promociones sectoriales, regímenes especiales, transferencias y programas de asistencia dominaron el debate económico. La pregunta central siempre fue la misma: quién recibe qué parte de una riqueza que crecía poco o directamente no crecía.
Esa lógica moldeó no sólo la política económica, sino también la cultura política. El Estado se convirtió en el gran distribuidor de beneficios y la disputa por acceder a ellos terminó desplazando la discusión sobre productividad, inversión e innovación. La economía se organizó alrededor de la administración de la escasez.
Por eso resulta interesante observar el significado político que tiene la aparición de iniciativas orientadas a atraer inversiones en inteligencia artificial, centros de datos, biotecnología, semiconductores e infraestructura tecnológica. Más allá de los detalles técnicos de cada proyecto, lo relevante es que la discusión comienza a desplazarse desde la distribución hacia la creación de riqueza.
No se trata simplemente de un cambio de sectores. Se trata de un cambio de paradigma.










