Cuando se habla de capitalismo, muchas veces se lo presenta como una creación relativamente reciente nacida en Europa hace apenas algunos siglos. La imagen más difundida suele ubicar el origen de los mercados modernos junto a la Revolución Industrial, las fábricas inglesas y el pensamiento económico clásico. Sin embargo, la historia muestra algo bastante distinto.
Mucho antes de las bolsas de valores, los bancos centrales o las grandes corporaciones globales, las sociedades humanas ya comerciaban, invertían, prestaban dinero, registraban contratos y desarrollaban mecanismos sofisticados para coordinar intercambios. Los mercados no aparecieron de golpe en la modernidad. Acompañaron prácticamente toda la evolución de la civilización.
Las evidencias arqueológicas encontradas en la antigua Mesopotamia, en territorios que hoy corresponden a Irak y Siria, muestran que hace más de 4000 años ya existían comerciantes privados, financiamiento, registros contables y precios que variaban según oferta y demanda. Muchas tablillas babilónicas descubiertas por arqueólogos no contienen relatos épicos ni cuestiones religiosas. Son recibos de operaciones comerciales.
Eso revela algo importante: incluso en las primeras grandes civilizaciones humanas, el intercambio económico ya ocupaba un lugar central.
La prosperidad de aquellas sociedades no surgió únicamente de la autoridad política o militar. También dependía de redes comerciales, incentivos económicos y circulación de bienes entre regiones distintas. Los comerciantes conectaban ciudades, transportaban productos escasos y generaban mecanismos de cooperación mucho más complejos de lo que suele imaginarse sobre el mundo antiguo.
Algo similar ocurrió en otras grandes civilizaciones.









