Las cartas incluyen advertencias sobre la “mexicanización” del país por el avance del narcotráfico, cuestionamientos a la inacción judicial en causas como la de Boudou y referencias a la contradicción entre el discurso y las prácticas de funcionarios K
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A un año de la muerte del Papa Francisco, ocurrida el 21 de abril del año pasado, la publicación del libro “La Amistad No Se Negocia” ha desatado un terremoto político al revelar el contenido de aproximadamente 600 cartas y mensajes intercambiados entre el Pontífice y Gustavo Vera. Estos documentos exponen, con lujo de detalles, la tensa y a menudo abusiva relación que el kirchnerismo mantuvo con la Santa Sede, intentando forzar una cercanía que en la realidad estaba marcada por el desprecio de Bergoglio hacia las prácticas delictivas instaladas en el Estado argentino.
Uno de los episodios más vergonzosos detallados en las fuentes es la "emboscada" perpetrada por la expresidente, Cristina Kirchner en el Vaticano. En septiembre de 2014, bajo el pretexto de una reunión privada en Santa Marta, la entonces mandataria apareció de sorpresa con 33 invitados, entre los que se encontraban militantes de La Cámpora y sindicalistas de dudosa reputación como Omar “Caballo” Suárez. El Papa, sorprendido por esta invasión a su privacidad, se vio obligado a invitarlos a almorzar a todos, evidenciando la falta de respeto protocolar del kirchnerismo.
Carta de Francisco
Asimismo, las cartas revelan el fastidio de Francisco ante la mitomanía oficialista. El Pontífice cuestionó lo que denominó una “deformación argentina”: la costumbre de funcionarios kirchneristas de saludarlo en audiencias generales para luego mentirle a la prensa asegurando que habían mantenido "entrevistas privadas".
El desprecio del Papa no se limitó únicamente al núcleo duro del cristinismo, sino que se extendió a quienes, desde distintas veredas, atentaron contra los principios fundamentales de la Iglesia. Las fuentes confirman un marcado y persistente “malestar” de Francisco tanto con Mauricio Macri como con Alberto Fernández, provocado principalmente por el impulso de la agenda del aborto durante sus respectivas gestiones. Esta coincidencia en promover leyes contrarias a la fe marcó una grieta irreparable, desnudando una clase política que, para el Pontífice, priorizó intereses coyunturales por sobre la moral.
Francisco y Vera
En el caso de Mauricio Macri, la relación estuvo plagada de desconfianza y operaciones mediáticas que el Papa no dudó en fulminar. Francisco tuvo que salir al cruce de los intentos por vincularlo con la agitación social de la época, calificando como una “fantasía que rompe los termómetros” a las versiones que aseguraban que él alentaba marchas contra el gobierno de Cambiemos en 2016. Para Bergoglio, el nivel de fabulación en torno a su figura durante el macrismo fue una muestra más de la incapacidad de esa gestión para generar un diálogo genuino sin recurrir a la distorsión de la realidad.
Por su parte, la gestión de Alberto Fernández terminó de hundir el vínculo con el Vaticano en el mismo fango de la "incoherencia". Al igual que con Macri, el Papa mantuvo su rechazo tajante por la legalización del aborto, sumando a Fernández a la lista de presidentes que ignoraron sus advertencias. Francisco fue contundente al exigirles a todos —incluida la administración de Fernández— que abandonaran los "atajos" políticos y se ciñeran al respeto por la ley y la institucionalidad, sugiriendo que la falta de consenso y la inacción ante los problemas de fondo eran formas de "cobardía" política que solo profundizaban la orfandad de la Patria
Cristina entrega remera de La Cámpora al Papa
La preocupación del Papa por la degradación institucional bajo el mando kirchnerista era total. Durante la campaña de Aníbal Fernández para la gobernación de Buenos Aires, Francisco alertó explícitamente sobre el peligro de la "mexicanización" de la Argentina. En sus cartas, describió la situación en México como "de terror" y dejó entrever que el avance del narcotráfico en el país, bajo el amparo de la inacción estatal, era una amenaza inminente.
Sobre la corrupción generalizada, Bergoglio fue implacable al describir una “suerte de doble pertenencia: al delito y a la ley” que se había instalado en los funcionarios públicos, calificándola como un signo de “grave decadencia” y una “monstruosidad de dos cabezas”. Incluso llegó a comparar la situación de quienes luchaban contra este sistema con la persecución de los profetas a manos de los corruptos.
La correspondencia también arroja luz sobre la protección eclesiástica y política de figuras nefastas. Se menciona el escándalo de Eugenio Zaffaroni, juez vinculado al discurso garantista pero cuyos departamentos funcionaban como prostíbulos. Francisco, aunque mantenía un vínculo cordial, no frenó las investigaciones de La Alameda, y las cartas subrayan la enorme distancia entre el discurso público de estos funcionarios y sus hechos privados.
En cuanto a la impunidad de la cúpula kirchnerista, resalta la intervención del Papa ante el juez Ariel Lijo, quien llevaba la causa Ciccone que involucraba al entonces vicepresidente Amado Boudou. En un encuentro en mayo de 2014, cuando el juez mostró dudas apelando a la "prudencia", Francisco le respondió con una frase lapidaria que hoy resuena como una condena al sistema judicial de la época: “La prudencia está muy bien. Pero si la prudencia es inacción, es cobardía”.
Finalmente, las cartas desmienten que Francisco fuera un militante del proyecto populista. El 19 de enero de 2019, el Papa fue tajante al criticar el "simplismo omnipotente" de los argentinos que pretendían confundir el "Vaticano con Puerta de Hierro". A pesar de que el gobierno intentó utilizar su figura para legitimarse, Bergoglio mantenía el recuerdo de las “calumnias y difamaciones” sufridas durante las presidencias kirchneristas. Si bien pidió "cuidar a Cristina" en 2015 por una cuestión de estabilidad institucional ante su licencia médica, dejó claro que no se trataba de un apoyo partidario, sino de un intento de evitar que el pueblo pagara el costo de nuevos "atajos" políticos.