En el cementerio de Umm el-Qa’ab, en Abydos, los gobernantes de la Primera Dinastía egipcia construyeron tumbas monumentales rodeadas por cientos de sepulturas menores. Esas tumbas secundarias, excavadas hace un siglo, guardan ahora una evidencia que cambia la mirada sobre el poder real en los albores del Estado unificado.
Durante la década de 1920, el egiptólogo Flinders Petrie interpretó esos enterramientos como las tumbas de sirvientes, funcionarios de bajo rango y artesanos. Muchos de ellos fueron inhumados con vasos de cerámica, herramientas de cobre o figurillas de marfil. Lo que le resultó sospechoso fue la coincidencia temporal: cientos de personas al servicio de cada faraón parecían haber muerto al mismo tiempo que el soberano. Sin embargo, en aquel momento no halló signos claros de lesiones en los esqueletos.
Petrie reenterró la mayoría de los restos y envió algunos cráneos al Reino Unido. Casi un siglo después, la bioarqueóloga Roselyn Campbell, de la Universidad de Purdue, examinó 46 de esos cráneos conservados en la Universidad de Cambridge con técnicas forenses actuales.















