Durante tres días, se debatió sobre cuánto alimento útil se obtiene, cuánto se pierde y qué proporción de ese recurso termina transformándose efectivamente en carne o leche.
Córdoba fue epicentro de la ganadería nacional durante tres días.
Esta semana se llevó adelante el Congreso Argentino de Forrajes, donde se debatió sobre eficiencia, rentabilidad e innovación, entre otros temas.
La ganadería argentina enfrenta un escenario en el que producir más ya no alcanza: la diferencia económica está cada vez más vinculada a cuánto alimento útil se obtiene, cuánto se pierde y qué proporción de ese recurso termina transformándose efectivamente en carne o leche.
En ese desafío, el manejo profesional del forraje, el análisis de datos y la tecnología aparecen como herramientas decisivas para mejorar la eficiencia y proteger los márgenes.
Durante años, el silaje de maíz fue asociado principalmente con los sistemas lecheros. Hoy esa frontera quedó atrás. El recurso se incorporó de manera creciente a planteos de cría, recría, engorde a corral y sistemas mixtos porque permite convertir un cultivo agrícola en una reserva de energía, fibra y estabilidad nutricional disponible durante todo el año.
Pero el verdadero cambio no está solamente en hacer más silaje. Está en producir el forraje que el rodeo necesita, con la calidad que necesita y con la menor cantidad posible de pérdidas.
Ese concepto modifica la forma de pensar la economía del establecimiento. La pregunta deja de ser cuánto rindió una hectárea de maíz para pasar a ser cuánto alimento aprovechable produjo esa hectárea y cuánto producto animal permitió generar.
El dato como punto de partida para producir
La primera tecnología, en este sentido, no es una máquina: es la información.
El balance forrajero constituye una de las herramientas más sencillas y, a la vez, más potentes para ordenar el sistema. Antes de decidir cuántas hectáreas sembrar con maíz para silaje, la planificación debería comenzar calculando cuántos kilos de materia seca necesitará el rodeo durante el año.
Ese cálculo permite dimensionar la superficie necesaria y evitar dos problemas que tienen un costo económico concreto: quedarse sin reservas antes de terminar el período crítico o producir excedentes que terminan deteriorándose.
La lógica es la misma que atraviesa buena parte de la agricultura moderna: medir primero para decidir después.
Ambiente, rendimiento, materia seca, calidad nutricional, consumo, conversión y ganancia de peso dejan de ser datos aislados para transformarse en variables de un mismo sistema productivo. Cuando esa información se integra, el productor puede detectar dónde está generando valor y dónde está perdiendo dinero.
No todo kilo de forraje vale lo mismo
El segundo gran salto está en entender que el rendimiento por hectárea no alcanza para medir la eficiencia.
En el caso del silaje, la elección del híbrido debe contemplar no solamente la producción de biomasa, sino también variables como digestibilidad de la fibra, proporción de grano, comportamiento sanitario, persistencia verde y amplitud de la ventana de cosecha. También resultan determinantes el ambiente, la implantación y la nutrición del cultivo.
Esto tiene una consecuencia económica directa: el objetivo no debería ser obtener el máximo volumen, sino maximizar los kilos de materia seca y nutrientes efectivamente aprovechados por el animal.
En un escenario climático cada vez más variable, además, perseguir un récord de rendimiento puede ser menos rentable que construir un sistema estable. Diversificar fechas de siembra, utilizar materiales de distintos ciclos y complementar el maíz con sorgos, silajes de pasturas o reservas henificadas son estrategias destinadas a reducir el riesgo productivo.
La estabilidad, en definitiva, también tiene valor económico.
La eficiencia también se pierde en el comedero
Hay otro punto de la cadena forrajera que suele quedar fuera de las planillas: la calidad real del alimento que llega al animal.
Una advertencia presentada por el veterinario Gustavo Schuenemann puso el foco en un problema aparentemente menor, pero con consecuencias productivas importantes: la presencia de tierra en el alimento.
El indicador para detectarla es el nivel de cenizas totales. Según el especialista, una dieta totalmente mezclada estándar ronda el 5% de cenizas y cada punto porcentual por encima de ese valor representa aproximadamente 10 kilos de tierra por tonelada de alimento. Un análisis con 11% de cenizas implicaría unos 60 kilos de tierra por tonelada. En una vaca que consume 25 kilos de alimento por día, el resultado potencial llega a 1,5 kilos de tierra diarios.
El problema no es solamente sanitario. La tierra ocupa espacio dentro de la dieta sin aportar nutrientes y puede interferir con la utilización de aminoácidos, vitaminas y minerales. Además, puede afectar la fermentación ruminal y terminar repercutiendo sobre la producción de leche y la ganancia de peso.
Aquí aparece nuevamente la importancia de la información: un análisis de laboratorio puede transformar un problema invisible en una variable medible y, por lo tanto, corregible.
150 gramos que cambian la cuenta
El impacto de esa precisión puede observarse directamente en los resultados productivos.
Según los ensayos mencionados por Schuenemann, reducir la presencia de tierra en las dietas de sistemas de engorde permitió incrementar en 150 gramos diarios la ganancia de peso por animal.
El dato permite dimensionar dónde está una parte de la rentabilidad ganadera moderna.
Si una mejora aparentemente pequeña en la calidad del alimento se sostiene durante todo el ciclo productivo, el efecto acumulado puede representar una diferencia significativa en los kilos producidos por animal y, por extensión, en el resultado económico del establecimiento.
La tecnología, entonces, no necesariamente significa incorporar el equipamiento más sofisticado. También significa analizar el alimento, medir las pérdidas, conocer la composición de la dieta y tomar decisiones a partir de evidencia.
Del silo a la carne: medir la eficiencia completa
El gran desafío para la ganadería argentina es dejar de evaluar cada eslabón de manera independiente.
Un maíz puede tener un excelente rendimiento agronómico y, sin embargo, generar un resultado mediocre si se cosecha fuera de momento, se conserva mal, pierde materia seca durante el almacenamiento o llega al comedero con contaminación.
Del mismo modo, una dieta perfectamente formulada pierde eficiencia si el animal no consume lo esperado, si existen problemas de manejo o si una parte importante de los nutrientes no termina convertida en producción.
Por eso, la verdadera unidad de análisis debería ser el kilo de carne o litro de leche producido por unidad de recurso utilizado.
Esa mirada integra la agronomía con la nutrición animal y la gestión empresarial. Permite relacionar hectáreas, toneladas de materia seca, costos de implantación, confección y conservación, consumo animal, conversión y producción final.
Es allí donde la digitalización y las herramientas de precisión pueden adquirir mayor relevancia: no como una colección de dispositivos, sino como sistemas capaces de generar información para mejorar decisiones.