A finales de la década de 1950, China bombardeó durante semanas las islas taiwanesas de Kinmen y Matsu con cientos de miles de proyectiles para poner a prueba la determinación de Taiwán y de Estados Unidos. Aquella crisis convirtió el estrecho de Taiwán en uno de los puntos más peligrosos de la Guerra Fría y dejó una huella que todavía condiciona la planificación militar de ambos lados.
De los simulacros a los preparativos reales. China lleva años ensayando escenarios de bloqueo, desembarco e invasión alrededor de Taiwán.
Sus buques y aviones operan de forma constante en torno a la isla y Pekín nunca ha renunciado al uso de la fuerza para lograr la reunificación. Frente a esa presión creciente, Taiwán ha dado un paso inédito: por primera vez ha utilizado sus lanzacohetes HIMARS en fuego real desde la costa occidental de la isla, precisamente en una zona considerada uno de los lugares más probables para un desembarco chino.
Más que una simple prueba, el ejercicio representó un cambio de enfoque: pasar de entrenar lejos del posible campo de batalla a practicar cómo detener una invasión en el mismo lugar donde podría producirse. La demostración tuvo una carga estratégica evidente.



Los HIMARS fueron desplegados frente al estrecho de Taiwán y lanzaron decenas de cohetes desde una posición cercana a una posible zona de desembarco. El mensaje implícito es que cualquier fuerza anfibia china que intentara cruzar el estrecho tendría que enfrentarse a un volumen de fuego capaz de destruir barcos, concentraciones de tropas y puntos de apoyo antes incluso de alcanzar la costa.




