China y Rusia intensificaron esta semana su coordinación en torno a la crisis en el Estrecho de Ormuz, tras una llamada telefónica entre sus ministros de Relaciones Exteriores, Wang Yi y Sergei Lavrov. La conversación, enfocada en la votación de una resolución de las Naciones Unidas para proteger la navegación comercial en la región, dejó en evidencia la intención de ambos países de consolidar su influencia geopolítica mientras la seguridad del comercio global y la estabilidad en Medio Oriente permanecen en riesgo.
Durante la llamada, Wang Yi afirmó que la solución a los problemas de navegación en el estrecho depende de un alto el fuego inmediato y promovió la negociación política como vía prioritaria para resolver el conflicto. Sin embargo, analistas internacionales han cuestionado la imparcialidad de China, argumentando que su política exterior suele priorizar intereses estratégicos y comerciales por encima de soluciones neutrales. Beijing ha fortalecido acuerdos energéticos y militares en zonas de tensión, lo que genera dudas sobre su rol como mediador confiable en el Golfo.
El comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso indicó que ambos países coincidieron en calificar como ''agresión no provocada'' las acciones de los Estados Unidos e Israel contra Irán, alineándose con la narrativa de Teherán.

Expertos señalan que esta postura refleja más un interés geopolítico para reforzar la influencia de Moscú y Beijing en la región que un genuino esfuerzo por estabilizar el tránsito marítimo y proteger a los civiles afectados por el conflicto. Su coordinación puede bloquear o diluir medidas internacionales que garanticen la seguridad del comercio y la navegación en la zona.









