En el marco del convulso escenario electoral de Brasil de cara a la definición en segunda vuelta fijada para el 25 de octubre, el país asiste al colapso político y a la desesperación del régimen socialista encabezado por Luiz Inácio Lula da Silva. Acorralado por el avance de Bolsonaro, el oficialismo ha volcado sus últimos cartuchos a la movilización de calle. Sin embargo, la incapacidad del socialismo para seducir al electorado con ideas ha derivado en una abierta escalada de violencia. El foco absoluto de esta degradación institucional tuvo lugar en el corazón financiero del país, donde la denominada “Marcha por la Democracia” convocada por la izquierda se transformó en una jornada de salvajismo.
Llenando la Avenida Paulista en São Paulo con la marea comunista del Partido de los Trabajadores (PT) —sin que existieran estimaciones independientes de la asistencia—, los militantes comunistas desataron su furor vandálico. Durante la protesta dirigida contra el candidato de derecha Flávio Bolsonaro, los grupos radicales realizaron pintadas salvajes y destrozaron las entradas de las estaciones de metro en São Paulo. Al no poder competir con propuestas, los militantes comunistas optaron de manera directa por el vandalismo urbano para intentar sostener la agónica candidatura del dictador Lula da Silva.
En medio de este clima de violencia retratado en imágenes de la agencia REUTERS/Amanda Perobelli —donde se observó a partidarios del presidente encaramados a postes sosteniendo banderas—, el propio Luiz Inácio Lula da Silva encabezó la manifestación buscando acortar distancias con el senador Flávio Bolsonaro. Lula da Silva, quien aspira a un cuarto mandato, centró su discurso en dos ejes principales.










