Desde que lo asesinaron, escuché varios testimonios con valoraciones positivas de Andrés "Pillín" Bracamonte por el rol "pacificador", según indicaban estas personas, que el barra brava tenía en la cancha de Rosario Central.
Por eso quiero arrancar esta columna con un mensaje claro: ser barra es lo mismo que ser narcotraficante, extorsionador o delincuente. Ser narco está mal.
El fin de semana pasado, después de 29 intentos de homicidio, Bracamonte fue asesinado a sangre fría. No nos debemos confundir: el motivo por el que lo quisieron matar tantas veces no es la disputa por el puesto de choris ni el control del estacionamiento del club. Detrás de este hecho hay una guerra narco por el territorio en Rosario.
Bracamonte formaba parte de la hinchada de Central, pero esta circunstancia no se restringe al "Canalla" o a Rosario. Las barras bravas son asociaciones ilícitas y cometen todo tipo de delitos contra las personas en todo el país.
En muchos casos, son los encargados de exigirles el pago de una suma a modo de "protección" a vecinos y comerciantes. Ni más ni menos que una extorsión, una práctica ya muy esparcida por el Conurbano bonaerense y Rosario.












