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A diez años del Brexit, ahora van por tu billetera

A diez años del Brexit, ahora van por tu billetera
Imagen de María Eleonora Urrutia
porMaría Eleonora Urrutia
Opinión

El Reino Unido fue el único que se atrevió a romper desde adentro con el control centralizado de los tecnócratas de Bruselas. Una década después, ese poder no ha dejado de crecer: hoy avanza sobre el último reducto de la libertad individual, la moneda.

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Este junio se cumplen diez años de aquel referéndum en que 17,4 millones de británicos —la votación más numerosa de la historia del Reino Unido— decidieron abandonar la Unión Europea. La efeméride invita menos a la nostalgia que a una pregunta que entonces casi nadie quiso responder con honestidad: ¿qué se votó realmente aquel 23 de junio de 2016?

La respuesta cabía en el lema más resonante de la campaña: take back control, recuperar el control. No fue un voto contra Europa, sus catedrales o su literatura. Fue un voto contra una casta que no tolera que el poder se le escape de las manos.

El Brexit como rebelión contra los ungidos

Conviene nombrar a esa casta con precisión. Thomas Sowell la llamó “los ungidos”: esa minoría ilustrada que se arroga el conocimiento superior, que se cree con derecho a decidir por millones de personas y que, cuando la realidad contradice sus planes, no concluye que se equivocó sino que el pueblo es demasiado ignorante para entenderla. El rasgo distintivo del ungido no es que gobierne, sino que jamás se somete al veredicto de los gobernados. Al disidente no lo trata de equivocado: lo trata de inmoral. Quien objeta la inmigración sin control es un xenófobo; quien defiende su moneda y sus tradiciones, un nostálgico peligroso; quien vota distinto, un manipulado sin criterio. Esa es la gramática de los ungidos, y el Brexit fue, ante todo, una herejía contra ella.

Porque la Unión Europea merece ser observada más allá de su propia narrativa. Nació con objetivos legítimos de integración comercial y cooperación entre naciones que acababan de atravesar dos guerras devastadoras. Pero a medida que avanzó el proceso de integración, la lógica del mercado común fue cediendo espacio a una creciente centralización regulatoria y política. Lo que comenzó como un proyecto de apertura económica terminó evolucionando hacia una estructura burocrática cada vez más distante del control democrático de los ciudadanos.

El Reino Unido fue desde el principio un socio incómodo: cuando arrancó el proyecto de integración en 1957, los británicos prefirieron quedarse afuera; el propio Churchill había dicho que la paz europea exigía caminar hacia unos Estados Unidos de Europa que no debían incluir a Gran Bretaña. Su pertenencia siempre fue transaccional, nunca identitaria. Y a medida que la toma de decisiones se corrió lenta pero inexorablemente de Londres a Bruselas, los británicos descubrieron que su democracia se vaciaba por arriba.

La UE se presenta como el gran ejercicio del libre comercio, pero su práctica es otra: nulo espacio para la experimentación empresarial y la competencia institucional, proteccionismo y una burocracia que regula desde las horas de trabajo permitidas hasta el almacenamiento del aceite de oliva. Su Comisión —el brazo más poderoso— se elige en cónclaves de jefes de gobierno con escasa o nula referencia a los votantes. El euro también contribuyó a desplazar decisiones fundamentales desde el terreno de la deliberación democrática hacia el ámbito de la administración tecnocrática. Cada vez más aspectos de la política económica quedaron sujetos a reglas, organismos y negociaciones alejadas del control directo de los votantes. Los

británicos vieron esa deriva antes que nadie. Por eso, cuando los ungidos les anunciaron que el Brexit desataría el apocalipsis, dedujeron, con sentido común, que tanto miedo solo podía esconder un privilegio amenazado.

El Brexit que nunca dejaron completar

Lo que vino después fue la prueba de que el control no se entrega sin pelea. Durante años, los ungidos hicieron todo para neutralizar el voto. Theresa May, que había hecho campaña por la permanencia, negoció un acuerdo que se conoció como BRINO —Brexit in Name Only—: dejaba a Gran Bretaña fuera de las decisiones europeas pero todavía sometida a buena parte de sus reglas. La campaña del People’s Vote llenó las calles de Londres exigiendo un segundo referéndum, es decir, que se votara de nuevo hasta que el pueblo acertara. La salida que debía concretarse en marzo de 2019 se pateó una y otra vez.

Y cuando, más tarde, una primera ministra conservadora se atrevió a proponer recortes de impuestos y desregulación, el propio Fondo Monetario Internacional la reprendió en público con una crudeza poco habitual. Sus defensores argumentaron que reaccionaba frente a un programa fiscal inconsistente. Pero el episodio reveló algo más profundo: hasta qué punto las instituciones internacionales consideran legítimo intervenir cuando un gobierno intenta apartarse del consenso económico dominante. El sabotaje, además, nunca fue solo de Bruselas: vino desde adentro, de la propia clase gerencial que administra Occidente. Hoy el laborista Keir Starmer corona esa tendencia con su “reset”: un alineamiento dinámico que copiará buena parte de la legislación europea sobre energía, electricidad y normas alimentarias. Si Bruselas dice “salten”, Gran Bretaña preguntará “¿cuán alto?”. De socio competitivo a mercado satélite, y sin un verdadero escrutinio democrático, en contra de dos votos mayoritarios consecutivos.

Conviene además recordar qué prometía realmente el Brexit. Nunca se trató de una promesa de prosperidad automática ni de un atajo hacia el crecimiento. Ninguna reforma institucional produce milagros por sí sola. La apuesta consistía en recuperar capacidad de decisión para definir políticas regulatorias, comerciales, energéticas y migratorias propias. Juzgar el Brexit exclusivamente por la evolución de algunos indicadores agregados equivale a evaluar una privatización observando únicamente el PIB del año siguiente: se pierde de vista la cuestión fundamental, que es quién decide y ante quién responde.

Por eso el balance de esta década debe leerse con cuidado. Al Reino Unido no le ha ido mal, pero tampoco tan bien como podía haberle ido, y la razón es simple: nunca terminó de implementar plenamente el Brexit que votó. Donde se le permitió respirar, funcionó: las exportaciones británicas de cordero crecieron con fuerza, las de carne vacuna alcanzaron niveles récord y el sector de la edición genética floreció gracias a la liberalización regulatoria posterior a la salida. Pero esos logros suelen reportarse con el asterisco condescendiente del “a pesar del Brexit”, mientras se silencia que amplios sectores de la economía siguen atados a una arquitectura regulatoria diseñada para otro esquema político. No es que el Brexit haya fracasado. Es que nunca se permitió evaluar plenamente lo que habría significado un Brexit completado.

Y sin embargo, el genio democrático no vuelve a la botella. En mayo de este año, las elecciones locales inglesas certificaron lo que los ungidos creían imposible: el fin del viejo

duopolio entre laboristas y conservadores. Reform UK, liderado por Nigel Farage, obtuvo más de 1.400 bancas locales, conquistó gobiernos históricamente dominados por los partidos tradicionales y alteró un mapa político que durante décadas pareció inmutable. No fue un voto de protesta: fue un reordenamiento político.¿Y quiénes son esos votantes? Son, otra vez, los votantes del Brexit. El analista John Curtice mostró que el apoyo a Reform crece de manera sistemática en las zonas donde el Leave obtuvo sus porcentajes más altos en 2016. La continuidad es estadística, no poética. La nueva fractura política ya no enfrenta a obreros con burgueses, sino al pueblo con el centrismo tecnocrático-gerencial; y el desprecio de las élites y sus medios no apunta solo a Farage, sino también a sus votantes, a quienes se acusa de racistas o reaccionarios por el delito de amar su país y sus costumbres. Es la versión contemporánea de un fenómeno muy antiguo: el desdén de quienes se consideran moral o intelectualmente superiores hacia aquellos ciudadanos que se atreven a cuestionar sus dogmas.

La nueva frontera del control: el dinero

Sería un error creer que esta disputa gira únicamente alrededor de la soberanía nacional. El conflicto de fondo siempre fue otro: quién controla las decisiones fundamentales de la vida social. Primero fueron las leyes. Después las fronteras. Ahora la discusión avanza hacia una esfera todavía más íntima: el dinero.

Pero los ungidos no se retiran: avanzan. Y su nueva frontera es la más personal de todas. La Unión Europea ya aprobó su reglamento antiblanqueo, que regirá desde el 10 de julio de 2027: prohíbe los pagos en efectivo superiores a 10.000 euros y obliga a identificar al cliente —el llamado know your customer— en cualquier transacción en efectivo desde apenas 3.000. En paralelo, el Banco Central Europeo prepara el euro digital, con un piloto previsto para la segunda mitad de 2027 y su emisión plena hacia 2029.

El efectivo como último refugio de libertad

Conviene decirlo sin estridencia, porque el argumento es lo bastante fuerte como para no necesitar hipérboles: el dinero en efectivo, anónimo, es uno de los últimos límites reales al poder del Estado sobre el individuo. Quien controla cada transacción controla potencialmente cada conducta. Una moneda digital, programable y rastreable por definición, altera el equilibrio histórico entre ciudadano y poder político. Ya no es únicamente el ciudadano quien utiliza el dinero: también el dinero puede transformarse en una herramienta de observación del ciudadano.

No hace falta atribuir intenciones siniestras a nadie para advertir la dirección del camino; basta observar hacia dónde conduce. Los sistemas políticos que aspiraron a un control exhaustivo de la sociedad siempre vieron con desconfianza los espacios de intercambio privado. Desde la economía sumergida que sobrevivió durante décadas en la Unión Soviética hasta los sofisticados mecanismos contemporáneos de vigilancia financiera desplegados por el Partido Comunista Chino, la posibilidad de realizar transacciones fuera del radar estatal ha sido percibida como una amenaza para el poder central. Quien no puede transar en privado no puede disentir en serio.

Y aquí aparece la verdadera novedad histórica. Durante siglos, incluso los gobiernos más intervencionistas encontraron un límite práctico a su capacidad de vigilancia: el dinero físico. Una persona podía comprar un libro, hacer una donación, ayudar a un familiar, asistir a una

reunión política o religiosa, o simplemente gastar sus ahorros sin dejar un registro permanente de cada movimiento. El efectivo funcionaba como una pequeña esfera de autonomía frente al poder.

Una sociedad libre no vigila a todos por si acaso

Los defensores de estas medidas suelen invocar un argumento perfectamente razonable: combatir el financiamiento del terrorismo y el crimen organizado. Son objetivos legítimos. El problema aparece cuando se concluye que cualquier límite a la vigilancia debe desaparecer porque existe la posibilidad de que alguien cometa un delito.

Las sociedades libres nunca funcionaron de ese modo. Aceptamos que la policía persiga criminales, pero no aceptaríamos que un agente se instalara permanentemente en la puerta de cada hogar para registrar quién entra, quién sale y qué hace cada familia. Sin duda esa medida permitiría prevenir algunos delitos. También destruiría una parte esencial de la libertad.

La cuestión no es si la vigilancia absoluta podría mejorar la capacidad de control estatal. Probablemente lo haría. La cuestión es si estamos dispuestos a vivir en una sociedad donde toda actividad legítima queda sometida a observación permanente para impedir las acciones ilegítimas de una minoría.

Si el dinero de curso legal termina existiendo únicamente en formato digital, ese límite desaparece. No porque necesariamente un gobierno vaya a utilizar ese poder de manera abusiva, sino porque pasa a existir la capacidad para hacerlo. Por primera vez en la historia, toda transacción realizada por un ciudadano podría quedar potencialmente registrada, almacenada, analizada y eventualmente condicionada por una infraestructura centralizada.

Las instituciones liberales jamás se construyeron sobre la premisa de que quienes ejercen el poder serán siempre virtuosos. Se construyeron precisamente porque sabemos que algún día podrían no serlo. El problema nunca fue la intención del gobernante de turno. El problema es la acumulación de herramientas que podrían ser utilizadas por gobernantes futuros menos prudentes o menos respetuosos de la libertad. Una sociedad libre persigue los delitos. Una sociedad vigilada observa a todos por si acaso.

Suiza, que nunca cedió su soberanía monetaria ni ingresó al bloque europeo, conserva con naturalidad una libertad que a los británicos les costó un referéndum recuperar —y que al resto del continente empieza a costarle su desaparición.

Hayek observó que las sociedades libres rara vez pierden su libertad mediante un único acto dramático. El proceso suele avanzar por acumulación: cada regulación se justifica por separado, cada excepción parece razonable, cada mecanismo de control se presenta como una solución técnica a un problema concreto. El riesgo sólo aparece cuando se observa la dirección general del camino.

Y aquí está la lección que trasciende las costas británicas, la que debería interesar también en nuestras latitudes. El Brexit fue el primer gran “no” al control de los ungidos, y por eso lo combatieron con tanta intensidad: no temían que saliera mal, temían que saliera bien. Diez años después, la rebelión sigue viva, pero la batalla se ha desplazado a un terreno más

profundo que la soberanía nacional. Lo que está en juego ya no es solamente quién escribe las leyes de un país, sino si el individuo conservará la soberanía sobre su propio bolsillo.

Los británicos eligieron elegir. Y por respeto a esa voluntad democrática deberíamos desearles éxito. Pero su experiencia también nos obliga a mirar nuestra propia puerta. Porque la próxima frontera del control no se levantará únicamente en Bruselas ni en Londres: se levantará, billete a billete, en el bolsillo de cada uno.


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