Durante los primeros meses del gobierno de Javier Milei, casi toda la discusión pública giró alrededor de una sola pregunta: si el programa económico lograría evitar una crisis mayor. El ajuste fiscal, la eliminación de privilegios, la reducción del gasto y la estabilización monetaria eran medidas tan profundas como impopulares según buena parte del diagnóstico tradicional.
Sin embargo, los últimos indicadores económicos muestran un escenario diferente. La recuperación de la actividad, el crecimiento del Producto Interno Bruto y la desaceleración de la inflación sugieren que la discusión ya no pasa únicamente por la supervivencia del programa, sino por su consolidación.
Lo verdaderamente novedoso no es solamente que la economía vuelva a crecer. Lo relevante es la secuencia en la que ese crecimiento aparece.
Durante décadas, la Argentina alternó entre programas de expansión financiados con emisión monetaria y posteriores crisis de inflación, endeudamiento o devaluaciones. Cada recuperación terminaba sembrando las condiciones de la siguiente crisis. El ciclo parecía inevitable.
La estrategia de Milei invirtió ese orden. Primero buscó estabilizar las variables macroeconómicas mediante un fuerte ajuste fiscal y monetario; recién después comenzaron a aparecer señales de recuperación de la actividad. Esa diferencia altera una lógica que dominó la política económica argentina durante años.











