En setenta años, el gasto social en Europa se ha multiplicado por cinco. La pobreza, en cambio, no ha desaparecido. Aunque nos encontramos ante un fracaso lamentable, la izquierda sigue prometiendo más Estado, como si insistir fuera a cambiar las cosas. En algún momento hay que preguntarse si el modelo cura la enfermedad, o vive de ella.
En 1942, William Beveridge publicaba su informe fundacional sobre la protección social británica. La ambición era precisa, quería erradicar cinco males así: la miseria, la enfermedad, la ignorancia, la insalubridad, la ociosidad. Una red de seguridad temporal, universal, pensada para volver a poner a la gente en pie despues de la Segunda Guerra Mundial. Una noble ambición, pero no todo salió según lo previsto. En breve, el Estado del bienestar que conocemos hoy en Europa, ya poco tiene que ver con aquel proyecto.
Francia destina hoy el 57% de su PIB al gasto público, la proporción más alta de la OCDE. Alemania, Suecia, Italia no andan lejos. El resultado de esta locura son deudas soberanas que superan por todas partes el 100% del PIB, sistemas de pensiones estructuralmente deficitarios y tasas de pobreza que, tras siete décadas de transferencias masivas, permanecen obstinadamente estables. En Francia, el 15% de la población vive bajo el umbral de pobreza, la misma cifra que hace veinte años.
No es un fracaso de ambición. Es un fracaso de modelo, y el problema es que nuestro Gobiernos han gastado más con la intención de cambiar las cosas.
El Estado del bienestar obedece a una lógica interna perversa, un ciclo peligroso, porque cuanto más fracasa, más recursos reclama. Cada indicador decepcionante se convierte en el argumento para una nueva prestación, un nuevo dispositivo, una nueva agencia, y más dinero. El sistema nunca se cuestiona. En Francia hay hoy más de cuarenta mínimos sociales distintos, administrados por decenas de organismos que emplean a cientos de miles de funcionarios cuya misión oficial es reducir el número de beneficiarios.








