Con motivo de la proximidad de cumplirse el Primer Aniversario de la Revolución de Mayo, durante el mes de Marzo de 1811, la Junta Grande decidió encarar los festejos correspondientes. A tal fin, delegó en el Cabildo de Buenos Aires la organización de las celebraciones.
El 5 de Abril de 1811, el Cabildo aprobó el programa de actividades para rememorar el Primer Aniversario de la fecha Patria; que contemplaba cuatro días de festejos corridos, arrancando el mismo 25 de Mayo; donde iban a haber danzas, sorteos, juegos populares, iluminación de los edificios públicos con velas de sebo, liberación de esclavos. Preveía, en ese marco, también, la construcción de una “Columna del 25 de Mayo”. No se sabe muy bien por qué se la denominó “columna”, cuando la edificación tuvo, al final, la forma de un “obelisco”, similar a los monumentos egipcios que adornan la ciudad de Roma.
La forma del monumento
Debió haber sido por esa confusión con el origen egipcio del monumento, que la gente la empezó a llamar “pirámide”, cuando el mismo no tuvo nunca tal forma. Pasarían más de ciento veinte años para que los porteños se acostumbraran a denominar correctamente “obelisco” a otro monumento, mucho más grande, que se erigiera en una estratégica ubicación del centro de la ciudad.
Sin embargo, parece que se estilaba, en la época, en la América hispana, conmemorar episodios de importancia con la erección de este tipo de “obeliscos”. San Agustín (Florida), fue la primera población fundada por los europeos en Estados Unidos; y en esa época, era una colonia española. En el año 1812 se erigió en la plaza principal del pueblo un obelisco de tamaño y forma similares a nuestra Pirámide de Mayo, con motivo de conmemorar la aprobación de la Constitución liberal española de ese año, en la ciudad de Cádiz. El mismo aún se conserva, hasta la actualidad.

Monumento a la Constitución Española de 1812 en San Agustín (Florida, EE. UU.) – Fotografía de Juan Pablo Bustos Thames
El emplazamiento originario de la “Pirámide”
La cuestión es que, por ese entonces, la actual Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires, estaba dividida al medio por la Recova, en dos partes. La Recova era una construcción en arcos, que servía como mercado de abasto de la ciudad. Era proverbial la suciedad y los malos olores que había en sus inmediaciones. La parte de la plaza que daba hacia la actual Casa Rosada (en ese entonces el Fuerte de Buenos Aires y sede del Gobierno), se denominaba “Plazoleta del Fuerte”; y la que daba hacia el Cabildo, “Plaza del Cabildo” o de la “Victoria”. Se había previsto, entonces, que, como el Cabildo había sido el gestor de la obra, la “Columna del 25 de Mayo” se erigiera en el centro de la Plaza de la Victoria.
Como inicialmente se había proyectado como un monumento temporario, iba a ser edificado de madera. Sin embargo, pronto se cambió de opinión, ya que se lo empezó a construir con quinientos ladrillos, por el “alarife” (maestro de obras) Francisco Cañete, bajo la dirección del profesor de escultura de Valladolid, don Juan Gaspar Hernández.

Imagen de la Pirámide de Mayo originaria
Cómo fueron las obras
Las obras comenzaron al día siguiente de que el Cabildo aprobara el proyecto (6 de Abril). Se colocaron los cimientos, evento que se festejó con un acto amenizado con bandas de música.
Nunca se pudo dar con los planos de la “Pirámide de Mayo” originaria. Sin embargo, se piensa que, por el poco tiempo que se disponía, hasta su inauguración, se debió haber tratado de una estructura hueca de trece metros de altura. Se utilizó adobe cocido, y se construyó sobre una base, con dos gradas; con la que el monumento completo alcanzaba los quince metros. En el vértice superior se había colocado una esfera decorativa, para darle un remate elegante. Se protegía el conjunto con unos doce pedestales que rodeaban el monumento, y sostenían una reja, para impedir actos de vandalismo. Los pedestales de mampostería terminaban con una perilla redonda, haciendo juego con la esfera de la cúspide de la “Pirámide”. En 1812, se colocaron faroles en los pedestales de cada esquina de la reja perimetral, alimentados con “grasa de potro”, que daban un olor muy desagradable a los alrededores del monumento Patrio, aunque lo iluminaba adecuadamente, para la época.











