Se repitió, durante años, una misma idea: el liberalismo podía servir para escribir libros, pero no para gobernar un país. La política real —decían— exigía más Estado, más regulación y más intervención. Hoy ese relato comienza a desmoronarse. Quienes ofrecen una alternativa de gobierno basada en la libertad ya no están solamente en universidades, centros de estudios o fundaciones: gobiernan, reforman instituciones y empiezan a exhibir resultados.
La victoria de Keiko Fujimori en Perú constituye una nueva señal de ese cambio de época. Más allá de las particularidades de cada país, su triunfo se suma a un escenario regional donde las recetas estatistas pierden atractivo y las propuestas orientadas a la libertad económica ganan espacio político. Argentina inició ese camino con Javier Milei. Colombia también muestra un creciente cuestionamiento a los modelos intervencionistas. Ahora Perú envía un mensaje que trasciende sus fronteras.
La libertad dejó de pedir permiso para gobernar.
Ese cambio político tiene raíces mucho más profundas que una simple sucesión de elecciones. Como suele señalar Milei, las ideas son las que mueven el mundo. Ninguna transformación perdurable nace únicamente de las urnas; antes debe producirse una transformación cultural capaz de modificar la manera en que una sociedad interpreta sus problemas y evalúa sus soluciones. Durante décadas el estatismo monopolizó ese terreno. Hoy las ideas liberales vuelven a disputar ese espacio ofreciendo respuestas allí donde el socialismo acumuló frustraciones.











