Cora tenía cinco años. Dawson tenía tres. Callan tenía ocho meses. El 24 de enero de 2023, en una casa de Duxbury, Massachusetts, su madre los estranguló a los tres, uno después del otro, y después se arrojó por una ventana del segundo piso.
Esta semana, el juicio contra Lindsay Clancy entró en su tramo final. La fiscalía cerró su caso el lunes; la defensa cerró el suyo el viernes. Faltan los testigos de refutación, los alegatos y la deliberación del jurado. No hay veredicto, y nada de lo que sigue pretende anticiparlo.
Pero hay un hecho que no depende del jurado, porque ninguna de las partes lo discute: los abogados de Clancy no niegan que ella mató a sus hijos. Su defensa no alega inocencia, alega inimputabilidad. Sostiene que una psicosis posparto, agravada por un tratamiento psiquiátrico desastroso, le impidió comprender lo que hacía. Lo único que el jurado debe resolver es si era penalmente responsable en ese momento. La autoría la admite ella misma, por boca de sus abogados.
Conviene fijar ese punto antes de seguir, porque es exactamente el que atropella el fenómeno más perturbador de este juicio, y que no está en el tribunal sino afuera: la conversión de una infanticida en heroína.
La fe
Frente al tribunal se juntaron cientos de mujeres a apoyarla. En TikTok circulan miles de videos rotulados "Same, Lindsay" —"igual que vos, Lindsay"— donde madres cuentan que ellas también tuvieron pensamientos de dañar a sus hijos, usando como material de identificación las entradas del diario personal que se leyeron en la audiencia. Una colecta vinculada a la familia superó el millón de dólares; según las cifras más recientes se acerca a 1,8 millones, aportados por más de 57.000 personas. Y circula, sin una sola prueba, la teoría de que el verdadero asesino fue el marido.
Llamar a esto feminismo desbocado es correcto pero se queda corto, porque no explica la forma que tiene. Y la forma es inconfundible: esto es una religión.
Tiene un dogma, anterior a toda evidencia y a salvo de ella: la mujer nunca es victimaria. Tiene un sacramento, la donación, que funciona exactamente como una indulgencia medieval —pago, luego pertenezco al bando de las buenas—. Tiene una herejía, que es sugerir que una madre pueda ser culpable de algo. Tiene mártires, tiene liturgia y tiene confesión pública. Y tiene, porque toda religión de este tipo lo necesita, un demonio: si ella no pudo hacerlo, alguien tuvo que hacerlo, y ese alguien es el viudo que enterró a sus tres hijos. La acusación contra él no nace de ninguna prueba. Nace de una necesidad teológica.
Un credo así no se discute con datos porque no se construyó con datos. Por eso sus fieles pueden contradecir a los propios abogados de Clancy sin advertir siquiera la contradicción:
los abogados están litigando un caso, ellas están profesando una fe. Y por eso ninguna de las dos respuestas posibles del jurado va a moverles un centímetro la posición, como veremos al final.
De dónde sale
Vale la pena preguntarse de dónde salió esto, porque no salió de la nada y no se va a ir solo.











