En este marco, los precios funcionan como señales que transmiten información dispersa sobre valoraciones subjetivas. Cuando el precio de un bien aumenta, no es porque el empresario “decidió” cobrar más, sino porque el consumidor lo valora más que antes, o porque la cantidad disponible del bien se redujo y los consumidores están dispuestos a pagar más por obtenerlo. Si ningún consumidor está dispuesto a pagar el nuevo precio, el bien no se vende. Así de simple.

Milei y la reivindicación mengeriana
Javier Milei ha recuperado con fuerza estas ideas en su cruzada contra el estatismo y la inflación estructural. Su crítica a la noción de que “los empresarios suben los precios” se apoya precisamente en la teoría del valor subjetivo y el principio de imputación. Cuando afirma que “los precios los determina el mercado” o que “los consumidores convalidan los precios”, no hace más que aplicar la lógica mengeriana al contexto argentino.
En una economía con alta inflación, la tentación de culpar al comerciante o al supermercado por los aumentos de precios es alta. Sin embargo, desde una perspectiva austríaca, la causa estructural de la inflación es siempre monetaria, mientras que los precios relativos se ajustan en función de las valoraciones subjetivas y las señales de escasez. Pretender controlar precios o regular márgenes sin atacar las causas monetarias solo genera desabastecimiento y distorsiones.
Milei ha sido claro al señalar que si un empresario intenta aumentar el precio de un bien, lo logrará solo si el consumidor está dispuesto a pagar más por él. Si no, ese producto se quedará en la góndola. Y en ese caso, el empresario perderá. Es el consumidor quien tiene la última palabra.














