En 2001, el primer ministro neerlandés Wim Kok gobernaba un país que se enorgullecía de ser el laboratorio mundial del multiculturalismo. Un año después, Pim Fortuyn (sociólogo, antiguo marxista, figura de la ultra derecha neerlandesa que criticaba el multiculturalismo, la inmigración y el islam en los Países Bajos) fue asesinado por haber dicho que el modelo no funcionaba. El debate se cerró antes de empezar, estaba imposible discutir en el paraiso multicultural de Europa...
Ese es el problema central del multiculturalismo como ideología, porque ha vuelto imposible su propia evaluación. Criticar el modelo es estar contra la diversidad según los progresistas. Cuestionar sus resultados es abogar por el repliegue identitario, algo que a algunos les parece detestable y por lo que te insultan.
El multiculturalismo como hecho es interesante con sociedades compuestas por culturas distintas que coexisten, intercambian. El multiculturalismo como dogma es otra cosa con la afirmación de que todas las prácticas culturales valen lo mismo, que exigir una adaptación es una forma de opresión y que señalar las disfunciones equivale a racismo encubierto. Ese deslizamiento entre el hecho y la doctrina es el juego de manos intelectual del que nadie habla.











