En plena Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido enfrentaba un problema delicado: necesitaba conocer los secretos de la maquinaria militar alemana, pero los prisioneros de alto rango sabían perfectamente cuándo estaban siendo interrogados. La respuesta británica resultó mucho más sutil y efectiva que cualquier sesión de preguntas formales.
En lugar de aplicar presión directa, las autoridades reunieron a decenas de generales y oficiales alemanes en una sofisticada mansión al norte de Londres. Allí les ofrecieron habitaciones cómodas, biblioteca, clases de inglés, personal de servicio e incluso alguna salida ocasional. La idea era simple: tratarlos como si aún conservaran su estatus para que bajaran la guardia y conversaran con naturalidad.

Antes de la guerra, Trent Park había sido todo lo contrario a un centro de detención. Su dueño, el político y coleccionista Sir Philip Sassoon, la había convertido en una residencia de estilo neogeorgiano llena de antigüedades, papeles pintados chinos y obras de artistas como John Singer Sargent. Por sus salones habían pasado figuras como Charlie Chaplin y Winston Churchill. Sassoon murió en junio de 1939 y, poco después, el gobierno británico requisó la propiedad para darle un uso completamente distinto.
Thomas Kendrick, una figura clave del espionaje británico, ya había probado sistemas de micrófonos ocultos con prisioneros de guerra. Vio en Trent Park el escenario ideal para ampliar esa técnica. Entre 1942 y 1945 pasaron por allí 84 generales y 22 oficiales de menor rango. La clave del plan consistía en que el lugar no se pareciera en absoluto a una cárcel convencional.















