Lamentable: Oddone dice que está contento de endeudar al país
Gabriel Oddone.
porCarlos Torres
Economía
El neokeynesiano pasa la factura a las nuevas generaciones.
En los anales de la economía política, pocas declaraciones revelan con tanta franqueza el abismo que separa la ilusión keynesiana de la realidad inexorable del mercado como la reciente euforia expresada por un economista local ante la colocación de bonos por USD 1.850 millones.
"Es una de las emisiones más importantes de la historia", proclamó Gabriel Oddone, regocijándose en lo que no es sino un acto de hipoteca colectiva sobre el futuro de una nación. Uruguay, ese pequeño bastión de estabilidad aparente en el cono sur, ha visto en tan solo siete meses cómo su endeudamiento público asciende del 65% al 68% de su producto bruto interno, posicionándose ahora como el tercer país más endeudado de la región.
¡Qué orgullo para los planificadores centrales! Contentos de endeudar al país, indeed, como si la prosperidad se midiera en ceros añadidos a la deuda y no en la capacidad de los individuos para producir y ahorrar.
Permítasenos desentrañar esta farsa con la claridad que merece la ciencia económica. La emisión de bonos no es un triunfo; es una confesión de fracaso. El gobierno, incapaz de financiarse con los frutos genuinos de la actividad productiva —impuestos voluntarios o, mejor aún, reducciones en el gasto—, recurre al expediente inflacionario disfrazado: pedir prestado hoy para gastar mañana, cargando el peso sobre generaciones no nacidas.
En siete meses, un incremento de tres puntos porcentuales en la relación deuda/PIB no es un detalle menor; es una aceleración hacia el precipicio. El PIB, esa magnitud agregada que tanto fascina a los intervencionistas, crece nominalmente por la inflación o por estímulos artificiales, pero la deuda es real, tangible, un reclamo inexorable sobre los recursos escasos de la sociedad.
Deuda como porcentaje del PIB.
¿Por qué contentarse con endeudar? Porque la mentalidad estatista ve en la deuda un instrumento mágico para "estimular" la economía. Se emiten bonos, se inyecta dinero fresco en proyectos públicos —carreteras suntuosas, subsidios clientelistas, burocracias infladas—, y se proclama crecimiento.
Pero esto no es más que el viejo truco del prestidigitador: el dinero prestado no surge de ahorros reales, sino de la creación crediticia o de inversores extranjeros atraídos por promesas de rendimientos que solo podrán cumplirse expoliando al contribuyente futuro.
El resultado predecible: tasas de interés más altas para el sector privado, crowding out de la inversión genuina y una moneda debilitada que erosiona el poder adquisitivo de los ciudadanos.
Uruguay, con su 68% de deuda sobre PIB, no es una anomalía; es el epítome de la intervención crónica. Décadas de políticas fiscales expansivas, justificadas por “necesidades sociales” o “inversiones estratégicas”, han transformado un país próspero en uno dependiente de los caprichos de los mercados internacionales.
Orsi.
Ser el tercero más endeudado no es un galardón; es una advertencia. Cuando la deuda supera ciertos umbrales —y el 60% ya era un límite prudente según las propias métricas de sostenibilidad que los gobiernos ignoran—, el riesgo soberano se dispara. Los bonos colocados a tasas presumiblemente atractivas hoy serán refinanciados a costos prohibitivos mañana, o peor, mediante la imprenta monetaria que desatará la inflación como impuesto regresivo sobre los pobres.
La alternativa no requiere genialidad, solo adherencia a principios eternos: reducir el gasto estatal a lo esencial —defensa de la propiedad, justicia y poco más—, eliminar regulaciones que asfixian la empresa privada, y fomentar el ahorro voluntario que genera capital real. Solo así el PIB crece orgánicamente, sin la muleta de la deuda.
Pero los Oddone del mundo celebran la emisión porque encaja en su narrativa: el Estado como salvador, el endeudamiento como panacea. Ignoran que toda deuda pública es un robo intergeneracional, una transferencia forzada de los productivos a los parásitos políticos.
En suma, la “importante” colocación de bonos no es historia de éxito; es capítulo en la crónica de la decadencia. Contentos de endeudar al país, sí, pero a costa de la libertad y la prosperidad de sus habitantes. La economía no miente: el ajuste vendrá, ya sea por disciplina voluntaria o por el colapso inevitable. Que elijan sabiamente antes de que el mercado lo imponga.