República Oriental del Uruguay. Nombre de un estado que a día de hoy oprime a un pueblo que supo ser la cuna del federalismo sudamericano, un pueblo que nace en un territorio en constantes disputas internacionales y siempre ha reclamado su autonomía y libertad. Luchadores de la “revolución oriental” inspirada en la mayor revolución política de la historia, la revolución americana.
¿Cómo pasamos de ser un pueblo abrazado a los valores de autonomía, libertad y rebeldía frente a poderes internacionales como el español, el portugués, el brasilero o el porteño, a ser un pueblo decadente, espiritualmente gris, afrancesado y laboratorio de los poderes internacionales en la región? La respuesta a esta pregunta se halla en la transformación de nuestra propia identidad patriótica, cuando dejamos de ser “orientales” y pasamos a ser “uruguayos”.
Nuestro cambio de identidad se debe profundamente al poder hegemónico del putrefacto, estatista y globalista partido colorado en la historia de la llamada República Oriental del Uruguay. Para empezar, nuestra identidad nacional actual se forja en el centralismo montevideano. Doctores intelectualoides tecnócratas encerrados en un escritorio privilegiado en Montevideo, intentando dirigir completamente un país que no conocían, respaldados por el cobarde y traidor a la patria Fructuoso Rivera.

Nuestra identidad nacional se forja lamentablemente del triunfo del cosmopolitismo egocéntrico del montevideano por sobre el espíritu libre de las comunidades campestres. Unitarismo montevideano que se sostiene hasta nuestros días, donde la verdadera descentralización y autonomía de los pueblos es remplazada por oficinas burocráticas dirigidas por caciques ladrones y oficinistas sin espíritu llamadas “intendencias”.








