Vamos al grano, sin anestesia ni paños tibios. Yamandú Orsi, ese candidato del Frente Amplio que se vendió como el hombre del pueblo, el exintendente de Canelones con pinta de gaucho moderno, nos bombardeó con mentiras que ya son marca registrada de la izquierda uruguaya. ¿Recuerdan cuando juraba que el Frente había dejado las cuentas en orden en 2020, con un déficit fiscal controlado y una economía blindada? Pura fábula. El agujero fiscal que heredó Lacalle Pou era un pozo sin fondo, inflado por años de despilfarro clientelista y subsidios a diestra y siniestra.
Orsi también mintió sobre la seguridad: prometía mano dura contra el narco, pero su partido miró para otro lado mientras los carteles se instalaban en los barrios. Y ni hablemos de sus cuentos sobre la educación, donde el Frente dejó un sistema en ruinas, con tasas de deserción que avergüenzan a cualquier país serio. Sí, Orsi mintió, como mienten todos los que vienen de esa factoría ideológica que prioriza el relato por sobre la realidad.

Pero detengámonos aquí, porque el verdadero escándalo no está solo en la izquierda. No, señores. El gobierno de Luis Lacalle Pou, ese que se presentó como el cambio liberal, el que iba a desmantelar el estatismo asfixiante del Frente, también nos mintió. Y lo hizo con una traición que duele más porque vino envuelta en promesas de libertad económica y orden público. Lacalle Pou llegó al poder en 2020 con un mandato claro: romper las cadenas del Estado obeso, combatir el crimen sin piedad y devolverle al ciudadano el control de su vida. ¿Qué hizo? Absolutamente nada en los frentes que importaban. Peor: perpetuó el sistema que alimenta a la izquierda, allanándole el camino para su regreso triunfal.
Empecemos por lo obvio, lo que duele en el bolsillo todos los días: los combustibles. ¿Cuántas veces prometió Lacalle Pou desmonopolizar ANCAP, esa vaca sagrada del estatismo uruguayo? Cero acción. Siguió el monopolio intacto, con precios inflados por ineficiencias y corrupción histórica, mientras los uruguayos pagamos nafta a precio de oro. ¿Por qué? Porque tocar ANCAP es tocar el nervio de los sindicatos y la izquierda enquistada en el Estado. Lacalle optó por la comodidad, por no pelear la batalla que podía liberar el mercado y bajar costos para todos. Resultado: la gente sigue atada a un monopolio soviético, y la izquierda usa eso como munición para gritar "privatización" cada vez que alguien propone competencia real.









