Cada tanto, como un reloj suizo, la izquierda saca del cajón la misma propuesta mágica: “Hay que gravar más al 1 % más rico y con eso terminamos la pobreza”.
Suena hermoso, cabe en un tuit, genera aplausos en la tribuna y alimenta el resentimiento contra “los que tienen”. El problema es que choca de frente contra los números reales de Uruguay, esos que nunca aparecen en los discursos de plaza.
Los datos oficiales de la DGI son contundentes y brutales para la narrativa tradicional:
- El 10 % de mayores ingresos concentra cerca del 30 % del ingreso total del país… pero paga el 50 % de todo el IRPF.
- Si le sumamos el siguiente decil (el 9), entre ambos aportan aproximadamente el 75 % de los impuestos directos.
- En otras palabras: el 20 % de arriba financia tres cuartas partes del impuesto más progresivo que tenemos.
Mientras tanto, la enorme mayoría de los trabajadores de los deciles más bajos o directamente no paga IRPF o aporta cantidades simbólicas.

Eso sí: todos —ricos y pobres— pagan IVA todos los días. Y el IVA, nos guste o no, es el impuesto más regresivo del sistema porque grava el consumo por igual, independientemente del ingreso.
Pero ese detalle nunca entra en el relato, porque arruina la foto de un Estado “progresivo y protector de los humildes”.
Entonces, cuando alguien dice que “los ricos no pagan impuestos”, está mintiendo o no miró nunca una liquidación de sueldo de un gerente comparada con la de un empleado de comercio.
¿Y qué pasaría si mañana aprobamos el famoso “impuesto al 1 %”?
Ya lo sabemos porque lo vimos en vivo y en directo en otros lados:
- Argentina: impuesto a la riqueza → fuga de capitales y empresas.
- España: subida masiva de impuestos a rentas altas → éxodo de fortunas y profesionales hacia Portugal, Andorra y hasta Uruguay.









