El siglo diecinueve fue, para la Argentina, el siglo de la esperanza y del crecimiento. Después de décadas de enfrentamientos internos y de tiranía, surgió una generación que decidió organizar el país sobre bases sólidas, instituciones, respeto a la ley, propiedad privada, apertura al mundo y libertad económica. Apareció el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, cuya influencia en la Constitución de 1853 fue decisiva para transformar una tierra fragmentada en una Nación pujante.
Aquella Argentina liberal no fue una utopía teórica. Fue una realidad concreta. En pocas décadas nos convertimos en uno de los países más prósperos del planeta. Llegaron inversiones, inmigrantes y oportunidades. Los salarios argentinos competían con los de Europa. El mundo veía en nuestro país una promesa de progreso y modernidad. La libertad fue el motor de ese crecimiento.
Pero el siglo veinte representó exactamente lo contrario, la decadencia de aquel modelo. Los quiebres institucionales, el avance del estatismo, la burocracia infinita, el corporativismo y la idea de que el Estado debía intervenir en cada aspecto de la vida económica fueron apagando lentamente la potencia de la Argentina.
La dirigencia abandonó la cultura del esfuerzo y abrazó la lógica del reparto. El Estado dejó de ser árbitro para convertirse en patrón, empresario y botín político. Se castigó al que producía y se premió al que vivía del privilegio. La presión fiscal se volvió asfixiante. La inflación destruyó el ahorro. El mérito fue reemplazado por la dependencia. Y así, mientras el mundo avanzaba, la Argentina retrocedía.
Sin embargo, incluso en los momentos más oscuros del predominio estatista, hubo argentinos que no se resignaron. Intelectuales, académicos, periodistas, empresarios, fundaciones, centros de estudios y espacios de difusión liberal mantuvieron viva la luz de la libertad cuando parecía que el pensamiento único avanzaba sin resistencia.
Durante décadas dieron la batalla cultural muchas veces en soledad, soportando burlas, aislamiento y marginalidad política. Pero entendieron algo fundamental, las ideas tienen consecuencias y cuando una sociedad abandona las ideas de la libertad, inevitablemente termina perdiendo prosperidad y dignidad.
Gracias a esa perseverancia silenciosa, el liberalismo sobrevivió al avance del colectivismo y pudo volver a sembrarse en nuevas generaciones. Ellos mantuvieron encendida la antorcha intelectual que hoy vuelve a iluminar una esperanza para la Argentina, ellos fueron nuestra generación del 37, durante el siglo pasado.
Por eso el siglo veintiuno empezó a mostrar señales de un cambio profundo. Millones de argentinos comenzaron a cuestionar las viejas recetas del fracaso y a volver la mirada hacia las ideas que alguna vez hicieron grande al país. Una nueva generación redescubrió el valor de la responsabilidad individual, del mérito, de la propiedad privada, de los límites al poder y de la libertad económica.









