Algún extranjero con conocimientos básicos de economía vino a la Argentina y le preguntó a un sector de los industrialistas -llevados de la mano por colegas míos que le hablan al oído lo que ellos quieren escuchar -, “¿Qué necesita Argentina para ser más competitiva?”.
La pregunta no es trivial pero la respuesta no es tan fácil como aquéllos le transmitieron a este extranjero. “Un tipo de cambio más alto”, reclaman con pasión iracunda; “Que el gobierno deje de pisar al dólar”, agregan.
El extranjero, asombrado por la respuesta y sin contaminación política preguntó con alguna incredulidad: “¿No es Argentina acaso el país que más devaluó su moneda en los últimos 50 años?” “¿Por qué esta vez funcionaría?”. No hubo respuestas.
Los más sofisticados ensayan un eufemismo técnico: “No pedimos una devaluación sino que el gobierno quite la última regulación cambiaria que queda en pie para las empresas”. Hablan del cepo a la dolarización de las empresas, porque los dividendos ya fueron liberados desde el inicio de 2026.
Piden algo que favorecería a unos pocos argentinos a vivir mejor de sus ahorros en dólares (yo incluido por ejemplo) pero empobrecería a muchísimos más compatriotas, sobre todo a los más humildes. Además, esta desregulación no le facilitaría sus operaciones a las empresas que incluso ya están habilitadas para girar ganancias a sus matrices y desde mucho antes aún, acceder libremente al mercado para importar y exportar sin trabas ni brechas.
Liberar por completo ese stock de deuda en pesos acumulados por TODOS los gobiernos anteriores al de Javier Milei para financiar décadas de déficit fiscal, sólo le sirve a quienes se benefician con un tipo de cambio artificialmente alto que nada tiene que ver con el de equilibrio a largo plazo de un país con las cuentas externas que planifica Argentina para los próximos cincuenta años.
Sorprende que gente preparada intelectualmente, confunda un concepto tan elemental como el de pretender que los flujos normales y habituales del país en un solo año absorba sin turbulencias disruptivas, desequilibrios acumulados por años que el último gobierno peronista se encargó con audaz persistencia en multiplicarlo varias veces con una emisión de moneda descontrolada.
Huelga decir que la vieja política destruyó nuestra moneda y que fue precisamente eso lo que nos obligó a todos los argentinos a adoptar la bimonetariedad con el dólar como la verdadera unidad de cuenta. Desconocer el impacto de un desplazamiento por goteo o de shock del tipo de cambio por una potencial dolarización de ese stock de pesos sobre los precios (en especial de los alimentos) es de una mala intención manifiesta o por lo menos de una ignorancia supina.
Ya nadie con un mínimo de criterio desconoce la correlación entre la inflación y la pobreza. Lo aprendimos claramente en los últimos dos años de manera contundente. Este gobierno logró con un mega ajuste bajar la inflación del 200% al 30% en dos años, lo que provocó una baja de la tasa de pobreza del 45% al 29%.
Entonces, los que piden quitar la última restricción cruzada en el mercado cambiario para “ayudar a las empresas a mejorar su competitividad”, ¿ignoran que sería a costa de mayor indigencia y hambre?; ¿desconocen que por la bimonetariedad argentina, toda suba del tipo de cambio termina tarde o temprano pasando a precios tornando muy pasajera la ilusión nominal de competitividad?.
Volvemos entonces a nuestro amigo extranjero del comienzo de esta columna. Si devaluar el tipo de cambio en Argentina fuera una herramienta para bajar los costos empresarios para que puedan exportar más, la Argentina ya sería el país más competitivo del mundo. Los países que no se dedicaron a destruir sistemáticamente su moneda, pueden hacer uso de esa herramienta cada tanto y con mucha prudencia. Nosotros no.
El único camino sustentable para mejorar el prospecto de una empresa es bajarle la carga fiscal y las regulaciones inútiles, desde el Estado. Los empresarios, por su parte, deben invertir en innovación y tecnología, eliminar gastos innecesarios y aumentar su volumen de ventas (ganar escala) lo máximo posible bajando sus precios lo más que puedan.
No es con magia ni con ayudín. Es con trabajo y esfuerzo.