Hay momentos en que la experiencia ayuda a comprender el futuro y otros en que se convierte en una trampa. Quién ha visto fracasar veinte veces el mismo intento aprende razonablemente a desconfiar del vigésimo primero. El problema aparece cuando esa prudencia se transforma en incapacidad para reconocer que las condiciones cambiaron. El pasado enseña mucho, pero deja de enseñar cuando lo convertimos en una ley de la naturaleza.
El cruce entre Luis Caputo y Eduardo van der Kooy ofrece un buen ejemplo. El columnista de Clarín describió al ministro como un “profeta equivocado” y enumeró declaraciones optimistas que considera desmentidas o amenazadas por la realidad. Caputo respondió con ironía recordando pronósticos pesimistas sobre dólar, inflación, actividad, riesgo país, reservas y acuerdo con el FMI que tampoco terminaron ocurriendo como muchos anticipaban.
La discusión podría reducirse a determinar quién acertó más predicciones. Sería entretenido, pero intelectualmente pobre. Lo relevante no es quién pronosticó mejor, sino qué modelo mental utilizamos para interpretar una economía que está cambiando sus reglas de funcionamiento.
Durante décadas, Argentina acostumbró a sus analistas a determinadas regularidades. El déficit terminaba financiándose con emisión o deuda. La expansión monetaria presionaba sobre los precios. Las reservas escaseaban. Una corrección cambiaria alimentaba nuevamente la inflación. El gasto público aparecía como respuesta ante cada dificultad y, tarde o temprano, el desequilibrio reaparecía.
Era razonable aprender de esa experiencia. Lo peligroso fue convertirla en destino.
La acción humana no ocurre dentro de una máquina que reproduce eternamente los mismos resultados. Cuando cambian los incentivos, cambian las decisiones; cuando cambian las decisiones de millones de personas, también puede cambiar la trayectoria de una economía. Una proyección construida sobre relaciones del pasado pierde capacidad explicativa si las instituciones que generaban esas relaciones dejan de operar de la misma manera.
Eso permite comprender por qué el equilibrio fiscal resulta mucho más importante que una cifra contable. Si el Tesoro deja de necesitar financiamiento permanente para cubrir gastos superiores a sus ingresos, cambia la expectativa sobre emisión futura, deuda, impuestos y estabilidad monetaria. Empresas y familias incorporan esa información a sus decisiones. El efecto no ocurre solamente en una planilla estatal. Modifica el horizonte desde el cual actúa el sector privado.
Aquí aparece una distinción fundamental entre predicción y explicación. Predecir consiste en proyectar variables. Explicar exige identificar relaciones causales. Un analista puede acertar el número del dólar y no comprender por qué llegó allí; también puede equivocarse en una cifra puntual y entender correctamente el proceso que está transformando el sistema.
La economía, además, contiene una dificultad que ninguna encuesta puede eliminar. Las personas aprenden, corrigen expectativas y reaccionan frente a políticas nuevas. Un empresario que anticipa estabilidad puede invertir. Un ahorrista puede modificar su cartera. Una familia puede volver a endeudarse a largo plazo. Las expectativas no son espectadores del proceso económico; forman parte de él.
Por eso también sería un error convertir los resultados actuales en una garantía de éxito futuro. Si criticar el pesimismo automático exige reconocer los cambios institucionales, defenderlos exige exactamente la misma disciplina. Un programa económico debe ser evaluado por resultados sostenidos, no por fidelidad política. La inflación puede seguir bajando o volver a acelerarse; la actividad puede consolidarse o enfrentar obstáculos.
Pero existe una diferencia entre advertir riesgos y necesitar que el fracaso ocurra para preservar una interpretación anterior.
El desafío intelectual consiste en permitir que la realidad corrija nuestras ideas antes de intentar que nuestras ideas corrijan la realidad. Eso vale para periodistas, economistas y gobiernos. Ninguna reputación debería depender de haber acertado siempre, sino de conservar la capacidad de revisar el diagnóstico cuando cambian los hechos.
Quizás por eso el episodio entre Caputo y Van der Kooy importa más de lo que su intercambio en redes sugiere. Argentina no necesita nuevos profetas, optimistas ni pesimistas. Necesita aprender a distinguir entre una economía condenada a repetir su pasado y una sociedad capaz de cambiar los incentivos que lo producían. El futuro empieza precisamente cuando el pasado deja de parecernos inevitable.