En agosto de 2014, un informe independiente encargado por las autoridades británicas establece que al menos 1.400 niños fueron víctimas de explotación sexual organizada en Rotherham entre 1997 y 2013, mientras los servicios sociales, la policía y los cargos electos locales tenían conocimiento de ello y no actuaron.
La razón no era la incompetencia: el informe, redactado por Alexis Jay, documenta negro sobre blanco que el silencio se debía al temor a ser acusados de racismo (la mayoría de los agresores identificados eran de origen paquistaní) y menciona a policías advertidos que se habrían negado a intervenir.
Ese silencio no fue un accidente sino una elección, juzgada necesaria en nombre de un bien superior. Y las bandas inglesas no son un caso aislado, ya que hemos visto muchos casos «olvidos» similares en Europa, por la única razón de que la verdad podría haber avivado el odio hacia los extranjeros y el racismo.
La mentira noble de Platón
En La República, Platón pone en boca de Sócrates lo que llama una “mentira noble”, es decir, un relato fundacional, falso pero útil, que los gobernantes contarían al pueblo para garantizar la cohesión y el orden social. Para el propio Platón no se trataba aquí de engañar para dañar, sino de engañar para unir. Ponía, eso sí, una condición estricta, pronto olvidada: solo los gobernantes podían recurrir a ella, jamás los ciudadanos entre sí.
Esta idea, muy cuestionable, sobrevivió, fue generalizada y forma parte del catalogo progresista moderno, para ellos, ciertas verdades serían demasiado peligrosas de decir, porque alimentarían malas causas, y el silencio o la deformación pasarían a ser un deber moral antes que una falta.
El problema no es que ese razonamiento sea cínico; es que siempre acaba volviéndose contra aquellos a quienes pretendía proteger, porque la realidad sigue haciendo su trabajo mientras se la calla.
El escritor francés Albert Camus, Premio Nobel de Literatura, dijo acertadamente que “llamar mal a un objeto es aumentar la desgracia de este mundo”, y esto constituye el argumento perfecto contra Platón. Al negarse a dar un nombre a la realidad, nuestros dirigentes agravan las crisis en lugar de mitigarlas, lo cual es muy peligroso.
Caracas, o la mentira que viajó
La Venezuela chavista ofrece la versión económica de ese fenómeno. A partir de 2015, el Banco Central dejó de publicar sus estadísticas de inflación y de crecimiento, obligando al FMI a elaborar sus propias estimaciones para un país que nunca reconoció oficialmente una hiperinflación que pronto se contaría en millones por ciento. Esa mentira no se quedó confinada en Caracas, pero también encontró altavoces entusiastas en Europa.
El día de la muerte de Chávez, en marzo de 2013, Jeremy Corbyn, futuro líder del Partido Laborista británico, saludaba en redes sociales a un hombre que “demostró que los pobres importan y que la riqueza puede compartirse”; esa misma semana presidía una vigilia en Londres donde calificaba el chavismo de mejor manera de hacer las cosas.
En 2014 felicitaba a Maduro por teléfono, en directo en la televisión estatal venezolana, donde estaba presentado como un “amigo de Venezuela”. Como bien sabemos, el régimen chavista mentía descaradamente a sus ciudadanos para evitar cualquier revuelta y mantener la imagen de régimen socialista excepcional. La realidad era muy diferente, pero gracias a ciertos “idiotas útiles” occidentales, pudo seguir con su mentira y hacer sufrir aún más a la población.
Rotherham y Caracas no tienen nada en común salvo esto: en ambos casos, una institución o una figura pública decidió que una verdad incómoda merecía callarse o maquillarse, por un motivo que se quería generoso. En ambos casos, fueron los más vulnerables (las niñas de Rotherham, el pueblo venezolano empobrecido por el régimen chavista) quienes pagaron el precio del silencio; nunca quienes lo habían elegido en su nombre.