La izquierda occidental ha hecho de la expiación de la civilización occidental (culpable del colonialismo, la esclavitud, o el patriarcado) una religión. Pero calla cuidadosamente la trata arabomusulmana por ejemplo, aunque es más antigua, más mortífera y todavía viva en algunos países. No hay ninguna coherencia moral aqui. Ninguna otra civilización se impone a sí misma ese nivel de autodestrucción intelectual.
En 2001, Francia aprueba la ley Taubira, que reconoce la trata negrera atlántica y la esclavitud colonial como crímenes contra la humanidad. Caen las estatuas, se rebautizan las calles, y la izquierda celebra. La expiación se convierte en política de Estado.
Ese mismo año, nadie propone reconocer la trata arabomusulmana. Un silencio que dice mucho…
Durante catorce siglos (del VII al XX) la trata oriental arrancó a entre 14 y 17 millones de seres humanos del África subsahariana, según las estimaciones de los historiadores especializados. Más que la trata atlántica (por supuesto, no pretendo restarle importancia a esto último, solo quiero destacar el doble rasero que se aplica aquí). A lo largo de un período seis veces más extenso. Con una particularidad que los manuales nunca enseñan, con la castración sistemática de los hombres esclavizados, lo que explica por qué no existen, a diferencia de las Américas, grandes diásporas surgidas de esta trata. Las víctimas desaparecieron, literalmente, de la historia.
El historiador senegalés Tidiane N'Diaye dedicó su carrera a documentar lo que su libro llama el genocidio velado. Su trabajo es serio, rigurosamente documentado, académicamente irreprochable. Está casi ausente de los programas escolares franceses (o en el Occcidente).
Esto no es olvido. Es una elección.
La razón es sencilla, la trata arabomusulmana no encaja en el relato progresista. No pone en escena al Occidente blanco como verdugo universal. Complica la rejilla de lectura colonial/anticolonial sobre la que se apoya toda una arquitectura intelectual, política y electoral. Evocarla supone arriesgarse a debilitar el monopolio occidental de la culpa: un monopolio que es, en realidad, un instrumento de dominación ideológica.
Y la esclavitud no es solo una cuestión del pasado en Africa y el Oriente. Mauritania solo penaliza la esclavitud desde 2007, seis años después de la ley Taubira. En 2017, la CNN mostraba imágenes de mercados de esclavos en Libia, donde se vende a migrantes subsaharianos a plena luz del día. El sistema de la kafala en los países del Golfo mantiene a millones de trabajadores migrantes en un estado de servidumbre documentado por la ONU y Amnistía Internacional. Pero los progresistas miran al otro lado, el lado del occidente, es mucho más facíl y sin riesgo.
La auto-critica occidental no es una forma de lucidez moral sino una postura identitaria, para señalar su virtud, sin cuestionar. Cuesta poco a quienes la practican y eso tiene buena acogida entre el electorado.
El problema no es reconocer los crímenes de Occidente, esos son reales, están documentados y merecen ser estudiados. El problema es la asimetría sistemática. Una moral que se aplica a unos y exime a otros no es moral. Es política disfrazada de conciencia. Y una política identitaria que selecciona a sus víctimas según su utilidad electoral no tiene lecciones que dar.
Combatir las desigualdades y los delitos, de verdad, exigiría combatirlos en todas partes y siempre. También allí donde incomoda