Esto no significa que la inteligencia artificial vaya a resolver todos los problemas ni que la historia haya terminado. Significa algo más preciso: estamos ante una tecnología de propósito general, de difusión masiva, de impacto asimétrico y de mejora acelerada. Como la electricidad, como el motor de combustión, como internet, pero con una diferencia: esta tecnología no solo mueve cosas o transmite información. Empieza a razonar, escribir, programar, diseñar, diagnosticar, traducir, enseñar, simular, investigar y coordinar otras tecnologías.
La aceleración de los bits de información, se traducirá en los próximos años a la manipulación de átomos. Luego, el cruce con la biología será quizá el caso más impresionante. AlphaFold cambió la investigación sobre proteínas y abrió un campo enorme para nuevos medicamentos, tratamientos contra el cáncer, biotecnología, longevidad, agricultura, materiales y diseño molecular. La inteligencia artificial empieza a procesar la vida misma como antes procesaba textos o imágenes. Eso no significa omnipotencia, pero sí un salto de escala. Millones de jóvenes pueden usar esa tecnología para los más diversos fines, imposible de anticipar.
Estamos pasando de la inteligencia artificial como procesador de textos a la inteligencia artificial como procesador de realidad. Primero procesa lenguaje. Luego código. Luego imágenes. Luego proteínas. Luego robots. Luego fábricas. Luego quizá sistemas completos de producción, energía, salud, educación y exploración espacial.
Por eso los modelos económicos que se enseñan en la ciencia económica tradicional empiezan a envejecer mal, no logran atrapar el cambio. Mises y Hayek tenían una ventaja sobre el positivismo estrecho: entendían que la economía no es solo una colección de ecuaciones sobre magnitudes agregadas. Es el estudio de la acción humana, de los precios como señales, del conocimiento disperso, del proceso de descubrimiento, de los incentivos, del capital, del tiempo y de la coordinación social. La cataláctica de Mises es más amplia que buena parte de la economía neoclásica convencional, porque no se limita a bienes físicos escasos con precios fácilmente observables. Permite pensar el intercambio de bienes, servicios, ideas, información, reputación, confianza, conocimiento, favores, entretenimiento y cooperación.
Esa mirada será cada vez más necesaria. ¿Cómo medimos una economía donde una persona con un teléfono puede acceder a servicios que antes costaban miles de millones? ¿Cómo medimos el valor de una IA que enseña matemáticas a un chico pobre? ¿Cómo medimos la mejora en productividad de un investigador que diseña moléculas en semanas en lugar de años? ¿Cómo medimos el valor de una universidad abierta, personalizada, gamificada, adaptativa y global? ¿Cómo medimos el salto de un país que se saltea etapas de desarrollo gracias a educación digital, inteligencia artificial y biotecnología barata?
La oportunidad para Argentina
La oportunidad para países como la Argentina es enorme. La aceleración tecnológica permite saltar etapas. No necesitamos repetir mecánicamente el camino de industrialización del siglo XX. Podemos entrar directamente en la economía del conocimiento, de los servicios globales, de la creatividad, de la biotecnología, de la energía, del software, de la inteligencia artificial, del entretenimiento y del capital humano. Pero para eso necesitamos exactamente lo contrario de lo que suele producir nuestra tradición estatista: flexibilidad, apertura, competencia, libertad, adaptación y experimentación.














