Hace exactamente doscientos cincuenta años un grupo de hombres firmó uno de los documentos más trascendentes de la historia. No porque declarara la independencia de trece colonias frente a la Corona británica, sino porque afirmaba algo mucho más revolucionario: que existen derechos que ningún gobierno crea y, por lo tanto, ningún gobierno puede quitar.
La vida, la libertad y la propiedad no eran concesiones del rey ni beneficios otorgados por una mayoría circunstancial. Eran derechos inherentes a toda persona por el simple hecho de existir. Esa afirmación, que hoy puede parecer evidente, fue en realidad una ruptura radical con siglos de absolutismo. Por primera vez una nación nacía sobre la premisa de que el poder político debía estar subordinado al individuo y no el individuo al poder político.
Ese fue el verdadero secreto de los Estados Unidos.
Muchos creen que su éxito se explica por la abundancia de recursos naturales, por su ubicación geográfica o por la calidad de sus gobernantes. La historia demuestra que ninguna de esas respuestas alcanza. Hay países inmensamente ricos que permanecen en la pobreza y Estados Unidos tuvo presidentes brillantes, regulares y francamente malos. Su excepcionalidad no estuvo en los hombres que ocuparon la Casa Blanca, sino en haber construido instituciones pensadas para desconfiar del poder, limitarlo y someterlo al imperio de la ley.











