Los efectos no se agotan en el balance de las firmas. Toda restricción artificial sobre el uso del tiempo de trabajo reduce la cantidad total de valor que la sociedad puede producir. Menos horas efectivas, a igual productividad, significan menos viviendas, menos infraestructura, menos capacidad de respuesta a la demanda. A medio plazo eso se traduce en precios más altos para el consumidor final y en menos oportunidades de empleo para quienes buscan entrar al sector. El beneficio inmediato y visible para algunos trabajadores (más tiempo libre con el mismo ingreso) se paga con el costo invisible y difuso que recae sobre el resto: empresas que no contratan, obras que no se hacen, capital que se retrae.
La flexibilidad y las contrapartidas que se anuncian no eliminan el problema de fondo. Mientras la reducción de jornada se imponga de manera generalizada y sin que la productividad real la justifique, el costo extra permanece. El mercado libre ajustaría las horas según la productividad marginal y las preferencias voluntarias de empleadores y trabajadores. Cuando esa ajuste se sustituye por un convenio colectivo de largo plazo respaldado por la presión sindical y la negociación tripartita, se introduce una rigidez que privilegia a unos a costa de la eficiencia general.
En síntesis, el preacuerdo no es un triunfo de la justicia laboral. Es un encarecimiento coercitivo del factor trabajo que las grandes empresas con contratos públicos pueden diluir en la factura estatal, mientras las medianas y pequeñas, que no cobran del Estado, absorben el golpe en sus márgenes y en su supervivencia. El resultado previsible es menos dinamismo, mayor concentración y un traslado de costos desde el sector productivo privado hacia el contribuyente. Eso no fortalece a la construcción: la debilita.