Uruguay tiene un Estado que se come el 33 % del PIB y una presión fiscal efectiva del 28 %. Para que se den una idea: Suecia, el paraíso nórdico que tanto citan los progres cuando quieren más impuestos, tiene una presión fiscal del 42 % y un gasto público del 49 % del PIB… pero con un PIB per cápita de 60 mil dólares.
Uruguay, en cambio, tiene 23 mil dólares per cápita (PPA 2024, FMI). Es decir: pagamos casi como europeos, pero cobramos como latinoamericanos.
Y encima tenemos un Gini de 0,40, prácticamente idéntico al de Chile o Costa Rica, países que gastan bastante menos en relación al tamaño de su economía. O sea que ni siquiera logramos la “justicia social” que supuestamente justifica tener un Estado elefantiásico.
Resumido en una frase cruel pero exacta:
En Uruguay el Estado te saca casi lo mismo que en Dinamarca, te devuelve servicios de Paraguay y te pide que compitas en un mercado abierto con Brasil (215 millones de habitantes) y Argentina (46 millones), siendo apenas 3,5 millones de personas que, encima, envejecen a velocidad récord.
Y todavía hay gente –políticos, economistas de café y tuiteros con bandera palestina en la bio– que repite como mantra que “la solución es gravar más al 1 % más rico”, como si el problema fuera que el Estado recauda poco y no que gasta mal, gasta mucho y gasta en cualquier cosa menos en lo que genera crecimiento.
Porque cuando uno mira el detalle, el drama es peor:
- El 70 % del gasto público va a jubilaciones y salarios públicos.
- Tenemos la relación jubilados/activos más alta de América Latina después de… nada, somos el campeón absoluto.
- Cada año se crean más cargos políticos y más empresas públicas que pierden plata a chorros (UTE es la excepción que confirma la regla).
- Y encima el BPS está quebrado desde hace décadas, pero nadie toca el tabú de la edad de retiro ni la contributividad.
Entonces no, compañero, el problema no es que el 1 % pague poco. El problema es que el 99 % restante sostiene un Estado que:
a) le extrae recursos como si fuéramos Noruega,
b) le devuelve servicios y salarios como si fuéramos Bolivia,
c) y le pide que compita en productividad con países que tienen escala, mercado interno y población joven.
Subir impuestos al “1 %” (que ya paga el 70 % del IRPF) no soluciona nada. Es como echarle una jarra más de agua al Titanic pensando que así flota.
Lo único que logra es ahuyentar inversión, fomentar la emigración de los que más producen y seguir engordando una maquinaria pública que ya está obesa.
Uruguay necesita lo contrario: bajar el gasto público estructural (sí, reformar jubilaciones, sí, bajar sueldos políticos, sí, privatizar lo que pierde plata, sí, reducir la cantidad de ministerios y entes), bajar impuestos para ser competitivos en la región y dejar de vivir en la fantasía de que podemos tener un Estado de bienestar escandinavo con la demografía de Japón y la productividad de América Latina.
Porque seguir así solo tiene un final: más jóvenes se van (ya se fueron 150 mil en los últimos 10 años), menos empresas invierten, el déficit sigue creciendo y en 20 años tendremos un Estado del 50 % del PIB… con un PIB per cápita de 15 mil dólares y un país de 2,8 millones de jubilados.
Y ahí sí, felicitaciones: habremos logrado la igualdad total. La igualdad en la pobreza.