El país europeo un ejemplo de democracia donde los ciudadanos se involucran directamente en las decisiones de gobierno.
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Los suizos acaban de dar un par de lecciones que los uruguayos deberíamos mirar con mucha atención si de verdad queremos volver a ser la Suiza de América y no terminar convertidos en el Sinaloa del Sur.
Porque no nos engañemos: hoy vamos más en esa dirección que en la del país ordenado, serio y libre que alguna vez soñamos.
Primero, un recordatorio que siempre incomoda: Suiza no nació rica. Hace poco más de un siglo, la gente se iba del país porque no había trabajo, ni tierra, ni oportunidades.
La Colonia Suiza en Uruguay es un testimonio viviente. En la plaza principal hay un monumento a los primeros colonos: hombres empujando un arado a hombros porque ni para bueyes tenían. Suiza hoy es el fruto de decisiones colectivas responsables, sostenidas y orientadas al bien del pueblo suizo, no al capricho de políticos iluminados.
Con esa misma lógica, la semana pasada rechazaron dos propuestas que en Uruguay muchos consideran progresista : un impuesto a los súper ricos y un salario mínimo en el cantón de Friburgo. No fueron decisiones impulsivas: fueron votaciones. Y acá aparece la diferencia más grande.
Democracia directa: votar, decidir, hacerse cargo
Los suizos votan unas once veces al año. Nosotros, tres cada cinco años. La diferencia es brutal: ellos deciden; nosotros delegamos y después protestamos. Esa práctica constante de democracia directa obliga a la responsabilidad.
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No permite que un gobierno imponga sus caprichos, ni que un sindicato defina el destino del país. Decide la gente. Ese, amigo, es el verdadero secreto del éxito suizo. El impuesto a los súper ricos: la izquierda suiza chocó con la realidad
La propuesta era simple: 50% de impuesto a las herencias de más de 50 millones de francos. Un sueño húmedo de cualquier redistribucionista de la UDELAR A favor estaban los argumentos de siempre: “igualdad”, “redistribución”, “clima”, “justicia social”.
Pero los suizos no se quedan con slogans.
Miraron lo obvio: fuga de capitales, empresas familiares amenazadas, pérdida de competitividad y una recaudación que, en vez de subir, muy probablemente iba a caer. Y, además, el golpe directo a la propiedad privada y a la libertad económica. Resultado: más del 70% de rechazo.
Ningún cantón apoyó la idea. Ni uno. Suiza valora la estabilidad más que el discurso. El salario mínimo en Friburgo: cuando la buena intención destruye empleo.
El segundo caso: el salario mínimo propuesto era de 48 pesos uruguayos por hora. Hoy solo cinco cantones tienen salario mínimo, y no por casualidad: saben que fijar precios artificiales del trabajo termina dejando afuera justamente a los más débiles.
En Uruguay lo vemos clarito: el llamado para trabajos por debajo del salario mínimo tuvo 150.000 postulaciones. Una multitud dispuesta a trabajar, pero la ley se los prohíbe.
¿Resultado? Más desempleo, más informalidad y más frustración. Los suizos no se comen esa pastilla. También rechazaron la propuesta. No por insensibles, sino porque entienden algo elemental: la economía no funciona por decreto, ni por buenos deseos.
Plaza
Uruguay frente al espejo suizo
Y acá es donde nos duele. ¿Qué hacemos nosotros? El PCU y el PIT-CNT —las dos fuerzas más retrógradas que ha parido la política uruguaya en las últimas décadas— siguen desfilando detrás de tiranos como Maduro, Chávez, Castro, Evo y Ortega. Lo peor de lo peor del continente. Y quieren arrastrarnos a ese modelo de pobreza, violencia y control político.
Ahora, mirando ese panorama, uno se pregunta: ¿podremos volver a ser la Suiza de América?. Claro que sí. En lo ideológico, el Partido Colorado venera —y hace uso y abuso— de Batlle y Ordóñez, quien quería un sistema suizo por excelencia con su famoso colegiado. El Partido Nacional habla de descentralización, y es exactamente eso lo que necesitamos.
Por otra parte, La Libertad Avanza, la nueva formación que busca replicar las políticas de Milei y Bukele en Uruguay, inauguró su sede central y le puso La Suiza de América.
Pero, sobre todo, amigos, lo que los suizos tienen es un respeto irrestricto a la soberanía particular de los pueblos. ¿Eso les suena?
Esa es la piedra fundamental del artiguismo. El respeto a la autoridad del pueblo es la base del pensamiento soberanista, heredero de la más vieja tradición española de los fueros medievales.
Podemos volver a ser la Suiza de América. Solo hace falta unirnos quienes nos vemos en ese modelo, contra los que van camino a Venezuela… pasando por Sinaloa.