Los canales de distribución incluyen supermercados, food service y fruterías latinas. En Nueva Jersey, Patricia, una migrante manabita, importa semanalmente productos que “mantienen alma ecuatoriana”.
Andrea Cárdenas, emprendedora de pitahaya, abastece tiendas gourmet y online. A pesar de los altos costos sin TLC, insiste en frescura, trazabilidad y control directo, compitiendo con productores locales en Florida y Virginia.
El arraigo migrante permite que carteles que digan “dulce, como en Ecuador” conecten más que campañas millonarias. Estas frutas no son solo alimentos: son parte de una red económica y cultural que une a Ecuador con su diáspora.
Las exportaciones tropicales ecuatorianas son sostenidas por una cadena de valor resiliente, donde los migrantes juegan un papel protagónico. El futuro del sector dependerá tanto de acuerdos comerciales como del orgullo que moviliza a quienes no olvidan su tierra.