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La AfD en las puertas del poder: el consenso de posguerra alemán se derrumba

La AfD en las puertas del poder: el consenso de posguerra alemán se derrumba
Imagen de Filip Gašpar
porFilip Gašpar
Internacionales

A tan solo unos meses de las elecciones locales en la región de Sajonia-Anhalt, el partido de derecha posee un indiscutido liderazgo en las encuestas.

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Gran Bretaña rompió con Europa. Donald Trump volvió a la Casa Blanca. Javier Milei dinamitó el consenso en Argentina. La derecha arrasó en el continente. En todas partes, las élites perdían el control. En todas partes, menos en Alemania. Allí, los mismos de siempre seguían gobernando, convencidos de que su país era diferente. Que su historia los protegía. Que el pueblo alemán, a diferencia de otros, sabría contenerse. Era la última ilusión del orden progresista. Estaba a punto de romperse.

Este septiembre, los votantes de Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín acudirán a las urnas en unas elecciones que podrían ser las más decisivas para Alemania desde la reunificación. Lo que está en juego va mucho más allá del recuento de votos. La mayor economía de Europa, el motor industrial del continente, se enfrenta a una crisis política que sacude los cimientos del orden que Occidente dio por garantizado durante décadas.

La Alternativa para Alemania (AfD), partido de derecha fundado en 2013 como movimiento euroescéptico, lidera actualmente las encuestas nacionales con cerca del 29 por ciento de apoyo. En el este del país, se ha convertido en la fuerza dominante. Pero la historia real no es el simple ascenso de un partido. Es el lento derrumbe del consenso de posguerra que gobernó Alemania después de la Guerra Fría.

Las elecciones de septiembre serán la primera prueba real de si la clase política alemana puede seguir conteniendo a un movimiento que encabeza las encuestas nacionales. Puede que demuestren que Alemania, considerada durante tanto tiempo el último bastión de la estabilidad occidental, ha llegado finalmente al mismo ajuste de cuentas que ha transformado buena parte del mundo democrático.

El partido de derecha, Alternativa Para Alemania, ha tenido un crecimiento exponencial durante los últimos años
El partido de derecha, Alternativa Para Alemania, ha tenido un crecimiento exponencial durante los últimos años

Durante toda la era de posguerra, la política alemana descansó sobre unos cimientos insólitamente estables. El poder alternaba entre Demócratas Cristianos y Socialdemócratas, dos grandes partidos de masas que juntos solían superar el sesenta por ciento de los votos. Las elecciones decidían quién gobernaba, pero raramente cuestionaban los supuestos fundamentales del sistema. El consenso, la moderación y el cambio gradual definieron a la República Federal durante décadas. Esa era está terminando.

Los partidos tradicionales alemanes no empezaron a declinar con la irrupción de la AfD. Su erosión ya estaba muy avanzada antes de que la AfD emergiera como fuerza nacional. Elección tras elección, la CDU/CSU y el SPD perdían terreno mientras los partidos más pequeños ganaban apoyo. Las negociaciones de coalición se volvieron más complicadas, los gobiernos más inestables, y los votantes comenzaron a preguntarse si las elecciones producían algún cambio real.

La AfD no creó la crisis. Solo fue la primera en ponerle nombre.

Como tantos movimientos populistas en Occidente, el partido creció porque dio voz a frustraciones acumuladas durante años. Su ascenso fue menos una ruptura repentina que la manifestación visible de una pérdida profunda de confianza en la clase política.

El trasfondo económico de ese descontento es brutal. Volkswagen, el símbolo más poderoso del milagro alemán, podría eliminar 50.000 puestos de trabajo solo en Alemania y cerrar plantas enteras. No es una crisis empresarial. Es el colapso del contrato social que mantuvo a millones de alemanes leales a un sistema que hoy les falla. Para ellos, esto no es estadística. Es el fin de una certeza que definió sus vidas.

Pero la presión económica no es la única fuente de ese descontento. El punto de inflexión decisivo llegó en 2015.

La decisión de Angela Merkel de abrir las fronteras a cientos de miles de migrantes en 2015 fue el momento en que millones de alemanes comprendieron que su gobierno había dejado de representarlos. No hubo referéndum. No hubo debate real. La canciller decidió, y el país tuvo que aceptarlo. Quienes se atrevieron a cuestionarlo fueron tachados de racistas o extremistas.

Millones de alemanes vieron 2015 como algo que iba mucho más allá de la inmigración. Concluyeron que decisiones que afectaban a la identidad nacional y la soberanía del país se habían tomado sin su consentimiento. La desconfianza hacia una política se convirtió en desconfianza hacia toda la clase política. La migración encendió la revuelta, pero años de estancamiento económico, energía cara y gobiernos que no escuchaban la mantuvieron viva. La AfD fue la beneficiaria.

La decisión de la social demócrata Angela Merkel de abrir las fronteras de Alemania fue uno de los detonantes de la crisis social del país europeo
La decisión de la social demócrata Angela Merkel de abrir las fronteras de Alemania fue uno de los detonantes de la crisis social del país europeo

Fue entonces cuando el establishment construyó su gran invento: el ''Brandmauer'', el cortafuegos. Un pacto entre todos los partidos del sistema para aislar a la AfD y negarle cualquier cuota de poder, por muchos votos que obtuviera. Lo llamaron defensa de la democracia. En realidad, fue su negación: decidir de antemano qué resultados electorales son aceptables y cuáles no. El lector latinoamericano reconocerá el mecanismo. Esta es la paradoja central de la política alemana hoy.

En la mayoría de las democracias, el éxito electoral aumenta las posibilidades de gobernar. En Alemania, cada vez ocurre lo contrario. Cuanto más crecía la AfD, más decididos estaban todos los demás partidos a excluirla del poder.

AfD se dispara en las encuestas y supera por seis puntos al bloque conservador en Alemania
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Según las encuestas actuales, casi uno de cada tres votantes alemanes apoyará a un partido con el que ningún otro partido importante quiere gobernar.

Durante años, esa estrategia pareció sostenible. La AfD permanecía aislada mientras las amplias coaliciones anti-AfD seguían controlando las mayorías parlamentarias. Hoy, esos supuestos son cada vez más difíciles de sostener. El futuro de Alemania, si se puede vislumbrar en algún lugar, está en los estados del este.

Más de tres décadas después de la reunificación, el este de Alemania sigue votando de manera diferente al oeste. Los analistas suelen explicar esta brecha por la economía, la demografía o los efectos persistentes del dominio comunista. Esos factores importan. Pero ya no son suficientes.

El partido AFD sufrió una clase de aislamiento electoral, producto de un acuerdo entre varios partidos alemanes
El partido AFD sufrió una clase de aislamiento electoral, producto de un acuerdo entre varios partidos alemanes

El este de Alemania se ha convertido en algo más importante: el laboratorio de la República Federal.

La misma dinámica se repite ahora. El desencanto con los partidos establecidos, el escepticismo hacia la autoridad centralizada y el apoyo a las alternativas populistas alcanzaron niveles más altos en la antigua RDA mucho antes de extenderse hacia el oeste. Lo que en un principio parecía una anomalía regional resultó ser una advertencia temprana. Ahora esa advertencia se ha hecho realidad.

En todo el este de Alemania, la AfD ronda el 40 por ciento en las encuestas. En Sajonia-Anhalt, los sondeos sitúan al partido por encima del 40 por ciento, muy por delante de cualquier competidor. La CDU y el SPD juntos tienen dificultades para igualar esa cifra. Esos números habrían sido casi inimaginables durante la mayor parte de la historia de la República Federal. Hoy, en partes del este de Alemania, el centro que una vez ancló la vida pública ha desaparecido en gran medida.

Hace treinta y cinco años, los alemanes del este desencadenaron la transformación que derribó el Muro de Berlín. Pocos en Alemania Occidental esperaban que el desafío decisivo al orden existente viniera de Leipzig y Dresde. La historia suele empezar en los márgenes. Los votantes del este vuelven a ir por delante de la clase política del país, forzando preguntas que Berlín ha preferido posponer durante demasiado tiempo. La más importante de esas preguntas concierne al cortafuegos.

Si las encuestas actuales se confirman, la AfD no surgirá simplemente como el partido más grande, sino como el dominante. Cualquier coalición concebible que la excluya exigiría que partidos con agendas fundamentalmente diferentes se unieran para un único propósito: impedir que el ganador de las elecciones ejerza el poder.

Hoy en día el CDU, partido del gobierno de Merz, y el SPD, poseen cifras que lo dejan muy por debajo de AFD
Hoy en día el CDU, partido del gobierno de Merz, y el SPD, poseen cifras que lo dejan muy por debajo de AFD

Legalmente, no hay nada antidemocrático en tales acuerdos. En la práctica, sin embargo, resultan cada vez más difíciles de sostener a medida que se amplía la brecha entre la fuerza electoral y el poder de gobernar.

En algún momento, un cortafuegos diseñado para aislar a un partido empieza a remodelar todo el sistema en torno a ese objetivo.

Esta es la paradoja a la que se enfrenta Alemania hoy. Cuanto más fuerte se vuelve la AfD, más indispensable parece el cortafuegos para sus defensores. Sin embargo, cada elección que refuerza el cortafuegos también fortalece el argumento central de la AfD: millones de alemanes pueden votar por el cambio sin obtenerlo jamás.

Cuando Friedrich Merz regresó a la dirección de los Demócratas Cristianos, muchos conservadores creyeron que representaba la última oportunidad de la CDU para revertir su declive. A diferencia de Angela Merkel, Merz prometió un perfil conservador más definido: restaurar el control fronterizo, revitalizar la economía, revertir una década de deriva. Su mensaje era claro: los votantes que se habían pasado a la AfD podían recuperarse sin abandonar el centro.

Era una estrategia plausible. Muchos observadores asumieron que el apoyo a la AfD reflejaba insatisfacción con Merkel más que un realineamiento fundamental. Una vez que la CDU volviera a hablar el lenguaje de la gobernanza conservadora, los votantes de protesta regresarían.

La elección de Friedrich Merz supuso para muchos sectores conservadores una redención de la CDU, la cual hasta el momento no han experimentado
La elección de Friedrich Merz supuso para muchos sectores conservadores una redención de la CDU, la cual hasta el momento no han experimentado

Ese supuesto se enfrenta ahora a su primera prueba seria. A nivel nacional, la CDU está casi ocho puntos porcentuales por detrás de la AfD. En Sajonia-Anhalt, se proyecta que los Demócratas Cristianos obtendrán apenas la mitad del apoyo de la AfD. Un partido que una vez se definió como el ancla institucional de la República Federal, el hogar de Adenauer, Kohl y Merkel, ahora lucha por alcanzar la mitad de la cuota de voto que una vez consideró su mínimo.

Merz puede descubrir que cambiar el discurso es más fácil que recuperar la confianza perdida. Los votantes que abandonaron la CDU no buscan una versión levemente más conservadora del mismo partido que los traicionó. Han llegado a una conclusión más simple y más dura: la CDU es parte del problema. No la solución. Si las elecciones confirman las encuestas actuales, ya no habrá excusas. La crisis alemana no es la herencia de Merkel. Es el sistema mismo.

Septiembre medirá, por tanto, más que la popularidad de Merz. Pondrá a prueba si la centro-derecha tradicional alemán todavía posee la capacidad de absorber el descontento público, o si ese papel ha pasado permanentemente a otro partido. Esa pregunta va mucho más allá del futuro de un solo canciller. Toca el corazón del orden de posguerra que moldeó la Alemania moderna.

Las elecciones de septiembre funcionarán como una evaluación para Merz, en la cual su partido podrá determinar el grado de pérdida frente a AFD
Las elecciones de septiembre funcionarán como una evaluación para Merz, en la cual su partido podrá determinar el grado de pérdida frente a AFD

Lo que se está desarrollando en Alemania no es simplemente un realineamiento político interno. Es un capítulo más en una historia más larga sobre la pérdida de confianza de Occidente en sus propias instituciones. La pregunta ya no es si la democracia liberal puede derrotar a sus enemigos externos, es si todavía puede ganarse la lealtad de sus propios ciudadanos.

Alemania pagó un precio por su excepcionalismo. Las preguntas que en otros países se debatían abiertamente fueron suprimidas durante años bajo el peso de su propia historia. Septiembre sugiere que nunca se resolvieron, solo estaban esperando.

Si las encuestas se sostienen, la AfD ganará en Sajonia-Anhalt con un margen que los partidos establecidos no han visto allí en décadas. Un partido que apenas superó el cinco por ciento hace diez años se convertirá en la fuerza dominante de un estado de más de dos millones de habitantes. Eso no es simplemente un resultado electoral, es el certificado de defunción de la vieja Alemania. La nueva ya ha comenzado.



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