Gran Bretaña rompió con Europa. Donald Trump volvió a la Casa Blanca. Javier Milei dinamitó el consenso en Argentina. La derecha arrasó en el continente. En todas partes, las élites perdían el control. En todas partes, menos en Alemania. Allí, los mismos de siempre seguían gobernando, convencidos de que su país era diferente. Que su historia los protegía. Que el pueblo alemán, a diferencia de otros, sabría contenerse. Era la última ilusión del orden progresista. Estaba a punto de romperse.
Este septiembre, los votantes de Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín acudirán a las urnas en unas elecciones que podrían ser las más decisivas para Alemania desde la reunificación. Lo que está en juego va mucho más allá del recuento de votos. La mayor economía de Europa, el motor industrial del continente, se enfrenta a una crisis política que sacude los cimientos del orden que Occidente dio por garantizado durante décadas.
La Alternativa para Alemania (AfD), partido de derecha fundado en 2013 como movimiento euroescéptico, lidera actualmente las encuestas nacionales con cerca del 29 por ciento de apoyo. En el este del país, se ha convertido en la fuerza dominante. Pero la historia real no es el simple ascenso de un partido. Es el lento derrumbe del consenso de posguerra que gobernó Alemania después de la Guerra Fría.
Las elecciones de septiembre serán la primera prueba real de si la clase política alemana puede seguir conteniendo a un movimiento que encabeza las encuestas nacionales. Puede que demuestren que Alemania, considerada durante tanto tiempo el último bastión de la estabilidad occidental, ha llegado finalmente al mismo ajuste de cuentas que ha transformado buena parte del mundo democrático.

Durante toda la era de posguerra, la política alemana descansó sobre unos cimientos insólitamente estables. El poder alternaba entre Demócratas Cristianos y Socialdemócratas, dos grandes partidos de masas que juntos solían superar el sesenta por ciento de los votos. Las elecciones decidían quién gobernaba, pero raramente cuestionaban los supuestos fundamentales del sistema. El consenso, la moderación y el cambio gradual definieron a la República Federal durante décadas. Esa era está terminando.
Los partidos tradicionales alemanes no empezaron a declinar con la irrupción de la AfD. Su erosión ya estaba muy avanzada antes de que la AfD emergiera como fuerza nacional. Elección tras elección, la CDU/CSU y el SPD perdían terreno mientras los partidos más pequeños ganaban apoyo. Las negociaciones de coalición se volvieron más complicadas, los gobiernos más inestables, y los votantes comenzaron a preguntarse si las elecciones producían algún cambio real.
La AfD no creó la crisis. Solo fue la primera en ponerle nombre.
Como tantos movimientos populistas en Occidente, el partido creció porque dio voz a frustraciones acumuladas durante años. Su ascenso fue menos una ruptura repentina que la manifestación visible de una pérdida profunda de confianza en la clase política.
El trasfondo económico de ese descontento es brutal. Volkswagen, el símbolo más poderoso del milagro alemán, podría eliminar 50.000 puestos de trabajo solo en Alemania y cerrar plantas enteras. No es una crisis empresarial. Es el colapso del contrato social que mantuvo a millones de alemanes leales a un sistema que hoy les falla. Para ellos, esto no es estadística. Es el fin de una certeza que definió sus vidas.
Pero la presión económica no es la única fuente de ese descontento. El punto de inflexión decisivo llegó en 2015.
La decisión de Angela Merkel de abrir las fronteras a cientos de miles de migrantes en 2015 fue el momento en que millones de alemanes comprendieron que su gobierno había dejado de representarlos. No hubo referéndum. No hubo debate real. La canciller decidió, y el país tuvo que aceptarlo. Quienes se atrevieron a cuestionarlo fueron tachados de racistas o extremistas.
















