En este contexto, el cristianismo —eje medular de la cultura occidental, fuente de su noción de dignidad humana, libertad, compasión y perdón— ha sido reducido a menudo a objeto de burla o desprecio. Mientras otras religiones reciben un trato prudente o reverencial en nombre del respeto intercultural, el cristianismo ha sido arrinconado como si fuera un vestigio incómodo del pasado. Esta paradoja revela no solo una incoherencia cultural, sino una peligrosa pérdida de referentes: se critica con fervor aquello que sirvió de cimiento para los derechos y libertades que hoy se exigen con tanta vehemencia.
Lo que se necesita hoy no es más ideología, sino más sensatez. No más trincheras, sino más puentes. La vuelta al sentido común no significa ignorar las diferencias, sino integrarlas en un proyecto común de sociedad. El día que murió el Papa Francisco, el mundo siguió girando. Pero giró un poco más solo, un poco más huérfano, y tal vez también un poco más necesitado de recordar quién es, de dónde viene y hacia dónde quiere ir.