La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum a la crítica de Ernesto Zedillo no solo confirma una tendencia nociva del obradorismo: la corriente ideológica de la presidenta, que sigue sin poder instaurar la era del sheinbaumismo. Ante argumentos sólidos, Sheinbaum escoge el camino más fácil y más ruin: el desprecio personal, la descalificación automática, la evasión deliberada, el pago de propaganda en medios. Porque no puede, o no quiere, confrontar los hechos con ideas. Porque, sencillamente, no tiene con qué.
Zedillo, quien tiene sus luces y sombras entre el FOBAPROA, Acteal y el triunfo de la tecnocracia en el México previo al nuevo milenio, fue un presidente que enfrentó una de las peores crisis económicas de la historia reciente con responsabilidad y resultados: alejado de la popularidad, porque gobernar bien no siempre va de la mano con esta. Los mexicanos no comemos de aprobación en las encuestas. Estabilizó al país. Impulsó la autonomía del Banco de México. Avanzó la transición democrática con la creación del IFE autónomo y permitió la alternancia en 2000, sin recurrir al dedazo ni al aparato del Estado. Se fue con dignidad y sin ambiciones transexenales a uno de los claustros académicos más influyentes de Occidente y del mundo: Harvard. A diferencia de López Obrador y ahora de Sheinbaum, Zedillo no necesitó esconderse detrás de una narrativa victimista ni de un ejército de propagandistas para justificar su gestión.












