Durante décadas los argentinos aprendimos a vivir con una certeza desmoralizante: hiciéramos lo que hiciéramos, el país no crecía. La convertimos casi en parte de nuestra identidad. Inventamos teorías para explicar ese yugo que nos aplastaba: la restricción externa, la puja distributiva, el complot del mundo contra nosotros, y nos resignamos a administrar la decadencia como si fuera un destino. Pero no era un destino, era una decisión. Habíamos elegido prohibirnos el crecimiento, y lo cumplimos con una disciplina que asombra.
Lo notable de este momento es que esa decisión se revirtió con la llegada de nuestro presidente Javier Milei a una velocidad que pocos imaginaban.
La reforma a la Ley de Glaciares no es un ajuste técnico: destraba las minas de cobre, plata y oro más grandes del mundo, que habíamos elegido ignorar mientras Chile, del otro lado de la misma cordillera, exportaba lo que nosotros teníamos prohibido.
La modificación de la Ley de Tierras abre asociaciones entre productores locales e inversores externos que pueden transformar la fisonomía del NEA, el NOA, Cuyo y la Patagonia, con inversiones potenciales por casi 15.000 millones de dólares.
La modernización laboral, primera reforma de este tipo desde el retorno de la democracia, permite que el convenio de empresa prevalezca sobre el nacional, un federalismo laboral inédito que devuelve poder de decisión a cada región y cada trabajador.
Y eso es apenas una parte. En un solo semestre estamos poniendo en marcha reformas estructurales que reconfiguran el país de raíz: la modernización laboral; la reforma de glaciares; el Big Bang del mercado de capitales, que libera el financiamiento de las pymes; la entrada en vigencia del acuerdo Mercosur-Unión Europea; el nuevo régimen de propiedad intelectual de semillas; la ley de propiedad privada; la liberación en la navegación de cabotaje, que baja los costos de transporte dramáticamente, potenciando a las provincias del norte y sus puertos; la modernización de la Ley de Sociedades, con una figura inédita para empresas de inteligencia artificial; la privatización del Belgrano Cargas y de las rutas, y el tratado de libre comercio con EEUU.
Cada una de las reformas mencionadas mueve una pieza distinta: la matriz productiva, la logística, los costos, el financiamiento, la inversión en el campo. Una mirada federal y descentralizadora como nunca antes pudimos ver en Argentina. Mucho ruido arriba, en la superficie, mientras por debajo el Gobierno avanza como una topadora que libera a los argentinos para que puedan hacer, producir, comerciar y crecer.
Cada una de estas reformas tiene un plano económico que cualquiera reconoce: más inversión, más exportaciones, más productividad. Pero tienen también un plano más profundo, el de la economía política. Cada traba que cae debilita a quienes vivían de esa traba. Cada privilegio que desaparece le quita poder a quien lo usaba para bloquear el cambio. Por eso lo que está ocurriendo no es solo una mejora de las variables, es un cambio en el equilibrio de poder que mantuvo al país inmóvil durante medio siglo.
Y acá está lo que más entusiasmo me genera. Cuando uno libera la energía de una sociedad, esa sociedad responde. Ya lo estamos viendo en cada Pyme que puede exportar sin pedir permiso, en cada inversión minera y energética que llega porque por fin alguien respeta los derechos de propiedad, en cada emprendedor que descubre que el Estado dejó de ser un obstáculo. Esa energía estuvo siempre ahí, reprimida bajo capas de regulaciones y miedos. No la creamos nosotros, solo la dejamos salir.
Tenemos por delante la oportunidad de oro: hacer en este tiempo lo que no se hizo en décadas. Y por primera vez en décadas, el desafío no es explicar por qué fracasamos, sino prepararnos para lo que viene. Argentina se había prohibido crecer. Ahora nos toca acostumbrarnos a los récords de producción, a los de exportaciones, a ver inversiones que nunca habíamos soñado.
En definitiva, pasamos de prohibir a permitir el crecimiento. Y los argentinos, con libertad, ya lo están haciendo realidad. ¡VLLC!