Quisieron estatizar la propiedad privada. No pudieron. Fueron por la estatización de los géneros. Y por suerte tampoco están pudiendo.
Tienen la fantasía inconsciente de que la estatización de los cuerpos habilitará en un futuro la estatización de la propiedad.
Pero tampoco esta les saldrá. Al menos acá.
No van poder quitarnos la posibilidad de vivir nuestra sexualidad por fuera del Estado, para imponernos la mirada estatal. Que vino a establecer categorías y recompensas para quienes sé someten, y persecución y castigo para quienes no.
Por eso, así como me rebelé cuando quisieron terminar con el mayor baluarte que nos dio el liberalismo y que hace que el ser sea (la propiedad privada), ahora me sigo rebelando contra este control de los cuerpos que estos últimos años sé propuso el Estado, estableciendo coloridas categorías que esconden oscuridades.
El individuo frente al poder del Estado
Me entusiasma el liberalismo. Porque creo sobre todo en el individuo. No necesito del Estado para autopercibirme como yo quiera.
Al contrario, detesto cuando el Estado viene a imponer categorías de géneros, cuyo fin, ya sé sabe, es clasificar y controlar.
Sólo al Estado le acepto, y es porque hace que la pasemos mejor, la distinción biológica entre XX y XY. En el caso de un delito, por ejemplo, el Estado no puede aceptar la autopercepción por encima de lo cromosómico. Si un XY comete un delito no sé lo puede encerrar con XX. Más si el delito que cometió el XY, que ahora dice autopercibirse XX, fue violar XX. El Estado no puede encerrarlo en un zoológico para que siga cazando porque sé convierte en copartícipe necesario para que el delito siga sucediendo. Así como el Estado tampoco puede permitir que un XY suba a un ring a pelear con quien tiene la derrota garantizada, porque sé convierte en copartícipe necesario para que el triunfo del XY, siempre el más fuerte, suceda.









