La historia de Enrique Shaw interpela a la Argentina de 2026, que necesita volver a valorar a quienes invierten, producen, crean empleo y asumen riesgos para generar riqueza.
Hay coincidencias que no son casualidad. En el mismo año en que Argentina discute a fondo la decisión respecto de su modelo económico (las ideas sobre el déficit cero, la apertura al mundo, el rol del Estado, qué significa producir riqueza y para qué) Roma abrió el camino para beatificar al primer empresario de la historia moderna de la Iglesia. Se llamaba Enrique Shaw, era argentino, y murió hace más de sesenta años convencido de que la economía y la moral no son dos discusiones ni separadas ni opuestas.
La vida de Shaw no habla solamente a los católicos. Le habla a cualquiera que haya entendido que el trabajo dignifica, que la riqueza bien administrada no es un pecado sino una responsabilidad, y que ningún pueblo se libera de la pobreza si antes no libera su capacidad de crear.
¿Quién fue EnriqueShaw?
Nació en París en 1921, en el hotel Ritz, hijo de Alejandro Shaw (fundador del banco que llevó su apellido) y de Sara Tornquist. Enrique perdió a su madre siendo apenas un niño. Se formó en el colegio La Salle de Buenos Aires y entró a la Escuela Naval, donde egresó como el oficial más joven de la Armada Argentina, con uno de los mejores promedios de su generación. Al enamorarse, pidió la baja para priorizar a su familia: se casó con Cecilia Bunge y juntos tuvieron nueve hijos.
Fue gerente general de Cristalerías Rigolleau durante dieciséis años. Y ahí construyó lo que lo volvió distinto: no gestionó la empresa como una máquina de generar rentabilidad a cualquier costo, sino como una comunidad de personas. También fundó y presidió la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa y ayudó a la fundación de la Universidad Católica Argentina. En 1955, en plena persecución religiosa desatada durante el peronismo, fue detenido por sostener públicamente su fe. Murió de cáncer en 1962, a los 41 años.
El propio Papa Francisco lo nombraba como ejemplo una y otra vez. “Era rico, pero era santo”, decía.
En diciembre de 2025 el Vaticano nos comunicó con alegría que se había producido el milagro que permitía iniciar su beatificación: la curación inexplicable de un chico golpeado por un caballo. Será entonces el primer beato de la historia identificado plenamente como empresario moderno.
Tres paralelismos que no son forzados
Enrique podría haber elegido vivir de rentas, o del apellido o del banco de su padre. Pero eligió, en cambio, ensuciarse las manos, como todo un hombre, en una fábrica de vidrio. Vivió con la convicción de que producir, generar valor, crear trabajo, es una vocación.
Shaw no separaba productividad de dignidad. Pensaba al salario, a la jornada, a la relación entre patrón y trabajador, como parte de un mismo proyecto: que la empresa hiciera crecer a las personas, no solamente al balance contable.
Hacia el final de su vida, ya con un cáncer avanzado, necesitó una transfusión urgente. Sin que nadie se lo pidiera, cientos de obreros de Cristalerías Rigolleau dejaron el trabajo y fueron a hacer fila a la clínica de Buenos Aires donde estaba internado para donar sangre por él.
Cuando se recuperó de esa transfusión, fue a la planta a agradecerles y dijo la frase que quedó como su síntesis: "Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera". Como vemos, los obreros, sus empleados, eran su familia, eran mirados por Enrique de alguna forma como los ve el mismo Dios.
Shaw sostenía que reducir los problemas de un país solamente a números es quedarse en la superficie. Entendía que detrás de cada cifra hay una idea de qué es el hombre y qué debemos hacer como país por cada uno. Cada persona, cada trabajador, cada hijo, es una posibilidad y no una carga.
Por qué esto le importa a la Argentina de 2026
Durante décadas nos enseñaron que ser exitoso en los negocios y ser una buena persona eran dos cosas separadas o hasta opuestas. Enrique Shaw demostró con su vida todo lo contrario: se puede generar riqueza sin perder el alma, y se puede vivir cristianamente en el mundo de los negocios. En un país que necesita volver a confiar en sus empresarios, en sus inversores, en quienes arriesgan capital y crean trabajo, la figura de Shaw nos muestra que la unión entre "los que generan" y "los que reciben" es posible, buena y deseable.
No hace falta compartir la fe de Enrique Shaw para reconocer lo que representa: la prueba de que la vocación empresarial, bien entendida, es una forma de servicio. Esa es la Argentina que, entre la reforma económica y la batalla cultural, todavía tenemos pendiente construir.