El filósofo conservador Kenneth Minogue propuso una alegoría convertida desde entonces en clave de lectura ineludible del activismo contemporáneo: la de San Jorge que, tras abatir al dragón, se queda sin oficio, condenado por su propia leyenda a buscar indefinidamente un monstruo cada vez más pequeño para seguir justificando su espada.
Desde hace una década, y con una regularidad inquietante, el progresismo occidental nunca sobrevive a sus propias victorias. De hecho, cada batalla ganada lo priva de un enemigo, y por tanto de una razón de ser, que debe reemplazar a toda prisa porque no quiere deaparecer.
La inflación estructural del dragón
Ese mecanismo es muy visible y forma parte del progressismo. Abolida la discriminación legal, el aparato militante, asociativo y mediático que vivía de esa lucha no se desvanece junto con la injusticia que denunciaba, pero redefine, por desplazamientos sucesivos, un perímetro cada vez más amplio de lo que constituye la opresión.
A diferencia del conservadurismo, cuya vocación es la preservación y no el avance perpetuo, el progresismo extrae su legitimidad misma de su capacidad de señalar a un adversario; si desaparece, pone en peligro la identidad del movimiento, su financiamiento, o sus carreras militantes.










