El filósofo conservador Kenneth Minogue propuso una alegoría convertida desde entonces en clave de lectura ineludible del activismo contemporáneo: la de San Jorge que, tras abatir al dragón, se queda sin oficio, condenado por su propia leyenda a buscar indefinidamente un monstruo cada vez más pequeño para seguir justificando su espada.
Desde hace una década, y con una regularidad inquietante, el progresismo occidental nunca sobrevive a sus propias victorias. De hecho, cada batalla ganada lo priva de un enemigo, y por tanto de una razón de ser, que debe reemplazar a toda prisa porque no quiere deaparecer.
La inflación estructural del dragón
Ese mecanismo es muy visible y forma parte del progressismo. Abolida la discriminación legal, el aparato militante, asociativo y mediático que vivía de esa lucha no se desvanece junto con la injusticia que denunciaba, pero redefine, por desplazamientos sucesivos, un perímetro cada vez más amplio de lo que constituye la opresión.
A diferencia del conservadurismo, cuya vocación es la preservación y no el avance perpetuo, el progresismo extrae su legitimidad misma de su capacidad de señalar a un adversario; si desaparece, pone en peligro la identidad del movimiento, su financiamiento, o sus carreras militantes.
En las universidades occidentales, aunque son grandes defensoras de la inclusión y luchan contra la discriminación, las denuncias presentadas se refieren a problemas mucho menos graves que en el pasado. Prueba de que el mecanismo es real y que ya no hay materia...
Pero la incorporación de la “T”, y luego de la “Q” o de otras partes, desplaza de manera imperceptible el combate, que va del derecho a vivir sin persecución hasta una teoría de género bastante más discutible, hasta provocar, dentro del propio movimiento histórico, una escisión.
LGB Alliance nació en Londres el 22 de octubre de 2019, fundada por militantes lesbianas que rechazaban la fusión, impuesta por Stonewall, entre orientación sexual e identidad de género.
Para muchos, estas incorporaciones sucesivas y estas nuevas luchas han desvirtuado su causa, por lo que lo rechazan todo en su conjunto.
La desautorización científica en cascada
La rectificación institucional llegó después, país por país y pone en tela de juicio esta lucha progresista que ha ido demasiado lejos. Finlandia, ya en 2020, establecía la psicoterapia como tratamiento de primera línea en adolescentes y relegaba los bloqueadores de la pubertad por falta de pruebas suficientes. Suecia, en febrero de 2022, desautorizaba sus propias recomendaciones de 2015 y restringía esos tratamientos.
La Academia Nacional de Medicina francesa, el 25 de febrero de ese mismo año, adviertía contra una “sobreestimación diagnóstica” en menores. En otras palabras, aunque era políticamente correcto actuar así, algunos médicos optaron por la vía más fácil y se sumaron a la idea de un cambio de sexo.
El Reino Unido, por último, cerraba el 31 de marzo de 2024 la clínica Tavistock tras el informe Cass, que mostraba, después de cuatro años de investigación, que no hay fundamento científico sólido para esos tratamientos.
Occidente corrige hoy con dolor, errores que por cierto dejarán secuelas. El culpable es el progresismo, que no ha sabido detenerse una vez alcanzado su objetivo y ha desvirtuado tanto su causa como la sociedad, con el pretexto de la inclusión y el progreso. El caballero, una vez más, había terminado por inventarse un dragón que no existía.