Tercero, no pueden realizar cálculo económico. No operan bajo señales de precios ni bajo un marco competitivo que les permita evaluar rentabilidad o asignación eficiente de recursos. Al no poder adaptarse al mercado, se vuelven rígidas y culpan a los consumidores. Se quejan de una “demanda excesiva” en lugar de admitir su propia ineficiencia. ¿Alguien imagina a una empresa privada quejarse de tener demasiados clientes? Parece que nos hacen un favor, cuando en realidad es al revés: sin clientes, no hay empresa. Y sin calidad, no hay quien compre.














