Subte y liberalismo: ¿Es posible más subte con menos Estado?

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porJuan Ignacio Fernández
Opinión

Recortar gasto improductivo, bajar impuestos y financiar obras estratégicas son objetivos compatibles dentro del presupuesto porteño.

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Buenos Aires inauguró el primer subte de América Latina y hace más de siete años que no suma una estación. Como porteño y legislador de CABA, quiero que la red vuelva a crecer, y que lo haga con menos Estado, no con más. A algunos les sonará contradictorio que un liberal impulse una expansión financiada inicialmente por el Estado. No lo es: una cosa es defender la obra pública estatal como principio, y otra muy distinta es considerar que, dadas determinadas condiciones de partida, una intervención estatal específica puede ser un comienzo pragmático en un esquema pensado para transicionar hacia un sistema más privado, más eficiente y con mejor infraestructura. 

Mi posición es liberal, aunque no anarcocapitalista. Considero al Estado algo inevitable y, por eso, un mal necesario. Y parto de una regla simple: ante la duda, la solución de mercado. La carga de la prueba la tiene siempre la intervención estatal, nunca el mercado. Por eso su alcance debería ser mínimo: justicia, policía, defensa y, como excepción que debe justificarse caso por caso, la coordinación de infraestructura de red donde hay monopolio natural. Incluso ahí, con condición de salida. 

Desde esa perspectiva, la obra pública estatal tradicional no constituye el objetivo. El modelo preferido sería una expansión concesionada, con tarifas que permitan sostener el servicio. El Estado fija las reglas y licita; idealmente, no opera ni financia la infraestructura con impuestos generales. El privado asume el riesgo, el retorno y los proyectos de expansión. 

El problema es que todo esto vale, en buena medida, bajo condiciones iniciales ideales. La Argentina y CABA no parten de ahí. La situación regulatoria e institucional está hoy muy lejos de eso.

Cuando se parte de una situación económica e institucional determinada, aparecen matices. A veces un proyecto puede tener valor económico y social y, sin embargo, ningún privado está dispuesto a asumirlo porque existen restricciones institucionales, regulatorias o macroeconómicas que hacen inviable su business case. En esas circunstancias, el Estado puede tener que preparar las condiciones previas o incluso hacer una inversión inicial, para que luego sea posible concesionar y destrabar la situación. Por ejemplo, recortando sus funciones espurias para bajar el gasto y los impuestos locales, y fijando reglas tarifarias estables que no dependan del humor político de turno. 

Esas condiciones ideales, donde ya estaría todo dado para que los privados ingresen a licitar y operar todo aquello que convenga privatizar, serían la excepción, no la regla. 

Pero no se trata de abandonar el principio, sino de reconocer que existe una diferencia entre el estado final deseado y la estrategia necesaria para llegar hasta él.

La ideología indica hacia dónde ir. La realidad obliga a decidir cómo llegar.

0. No caer en un silogismo: Nación no es CABA

La desconfianza hacia un liberal que defiende obra pública tiene una fuente concreta: desde finales de 2023, el gobierno de Milei redujo drásticamente la obra pública nacional. Pero ese caso no refuta lo que vengo diciendo; lo confirma. La convicción explica la dirección —menos obra estatal y más inversión privada—; la velocidad la impuso la urgencia. Con déficit fiscal, reservas netas negativas e inflación de tres dígitos, el equilibrio fiscal era —y sigue siendo— la piedra angular del programa de estabilización, y eso empujó a un corte abrupto.

El error no está en el hecho, sino en la inferencia. El razonamiento falaz que se arma es este:

  1. Javier Milei es liberal (verdadero)

  2. Javier Milei paró la obra pública (verdadero)

  3. Por lo tanto, los liberales no hacen obra pública nunca y en ningún lugar (falso: generalización apresurada)

Y una vez aceptada esa generalización apresurada (falaz) como premisa, se arma el siguiente silogismo:

  1. Ningún liberal hace obra pública. (premisa mayor, falsa: viene de la generalización anterior)

  2. Juani Fernández quiere hacer obra pública. (premisa menor, verdadera)

  3. Por lo tanto, Juani Fernández no es liberal. (conclusión, falsa) 

CABA parte de condiciones muy distintas. No tiene que estabilizar una moneda ni sanear un banco central para evitar una crisis macroeconómica severa, y su presupuesto tiene margen para recortar gasto improductivo, como muestro más adelante.

Las premisas verdaderas son que Milei es liberal y que la Nación redujo drásticamente la obra pública. La inferencia falsa es que eso define lo que un liberal puede hacer en CABA, en otro contexto. Una cosa no se desprende de la otra. Hay, primero, una generalización apresurada; y, después, un silogismo falaz. Habría que subir los estándares de Pensamiento Científico del CBC, creo. 

1. No hace falta que algo sea perfecto

Uno de los errores habituales en esta discusión consiste en comparar una alternativa imperfecta con un escenario ideal. La comparación relevante que deberíamos hacer no es con el cenit o el paraíso, sino con las alternativas reales. No debemos caer en la típica falacia del nirvana.

Un proyecto no tiene que ser perfecto para constituir una mejora relativa frente a lo actual. Alcanza y sobra, en muchos casos, con que sea sustancialmente mejor que el statu quo. 

Desde esa perspectiva, incluso dentro de un presupuesto público que ya existe, la pregunta relevante es dónde genera mayor retorno social cada peso adicional. Y no hace falta ser una mente brillante para advertir que una inversión en infraestructura de larga duración, sobre todo si se trata de obras aplazadas por décadas (que ya se sabe que se necesitan), es algo que generalmente tiene mayores retornos sociales y económicos que un gasto corriente dudoso, por ejemplo, en pauta oficial. 

El motivo: porque estas obras en infraestructura pueden tener efectos sobre productividad, tiempos de viaje, accesibilidad territorial y calidad de vida que otros usos del mismo recurso no tienen. Esto es especialmente relevante para una ciudad como Buenos Aires, donde el transporte no es simplemente una cuestión de movilidad. Es una cuestión de acceso a oportunidades.

Y acá aparece también una dimensión personal.

Quien pasó más de tres décadas viviendo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no habla solamente de algo abstracto. Hay un conocimiento tácito que surge de haber vivido la ciudad, de haberla recorrido y de conocer lo que significa tener que viajar al centro viviendo en la periferia de la red.

La conexión de Caballito y Palermo es un buen ejemplo. Con el tramo clave de la hoy teórica Línea I, ese viaje tomaría 12 minutos: de Scalabrini Ortiz y Santa Fe (Estación Scalabrini Ortiz, Línea D) a Primera Junta (Línea A), en Caballito. Ese mismo tramo, con una demanda muy significativa, hoy se puede hacer en colectivo en no menos de 35 minutos. O sea, el viaje en colectivo tarda prácticamente el triple (x3) que en subte: 35 minutos contra 12, al menos 23 minutos más. Y no es un tramo cualquiera, elegido caprichosamente: es una zona muy densa, justo en el corazón de la ciudad. 

Y ni hablemos de viajes como Villa Urquiza-Flores, Villa Devoto-Palermo, Saavedra-Palermo, etc. Es evidente que una buena parte de los porteños hoy está resignada a tardar 2 o 3 veces más de lo que tardaría en subte, con viajes de una hora o más, especialmente cuando necesita moverse periferia-periferia o periferia-centro. No tiene por qué ser así.

Esos minutos no son solo incomodidad. El tiempo de viaje es un precio, y una ciudad mal conectada es una ciudad con aranceles internos: cada intercambio que tiene que cruzar un tramo lento —un empleo, un cliente, un alquiler— paga ese arancel o directamente no ocurre. Y es peor que un arancel, porque el tiempo perdido no lo recauda nadie.

Si los precios son el sistema de señales de una economía, el transporte es su sistema circulatorio. Cuando una arteria se obstruye, lo que depende de ella se atrofia: un barrio mal conectado recibe menos trabajadores, clientes e inversiones, y la desconexión física termina siendo también económica y social. Por eso una obra de transporte no compite con el mercado: le despeja el camino. Destapar una arteria no crea tejido nuevo; restablece las condiciones para que crezca solo. El retorno de la obra no está en el hormigón, sino en lo que habilita.

2. Idealmente, que las obras las haga el privado

La posición liberal más consistente sería que todo aquello que pueda hacer un privado no solamente puede, sino que debería hacerlo el privado.

Y no es teoría: así nació el subte porteño. La línea A la construyó y operó la Anglo-Argentina bajo una concesión municipal a 80 años; la B, los Lacroze con una concesión nacional; la C y la D, la CHADOPYF en los años 30. Todas con capital privado. Pero la tarifa quedó congelada en 10 centavos desde 1913 hasta 1953, mientras subían los costos, y la Anglo nunca construyó el resto de su red. Con la crisis del 30 y la competencia del colectivo, las líneas terminaron absorbidas por la Corporación de Transportes, la expansión se paralizó y, cuando en 1948 se intentó volver a concesionar, no apareció ningún oferente. Décadas después, la Corte Suprema le dio la razón a la Anglo en su reclamo por tarifas políticas. Precio fijado por la política y sustitutos que el operador no controla: los dos primeros problemas que veremos a continuación ya estaban presentes en Buenos Aires hace casi un siglo.

Desde entonces, la expansión del subte dejó de ser un negocio privado y pasó a depender del Estado.

Lo que falló entonces sigue vigente hoy: el negocio del subte no depende exclusivamente de la empresa que lo opera. Hay, al menos, tres problemas previos que deben ser atendidos.


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Problema A: Precios

Con una tarifa determinada puede ocurrir que el servicio sea deficitario. Por eso la solución no consiste simplemente en decir "que venga un privado". Hay que preguntarse qué estructura tarifaria haría posible la inversión privada, quién asumiría el riesgo y cómo se distribuirían los eventuales subsidios, si los hubiera.

También aparece una restricción muy concreta: una tarifa económicamente sostenible para el proyecto no necesariamente coincide con la que la sociedad puede y quiere pagar hoy. Al menos no si además tiene que cubrir el retorno mínimo que va a exigir un privado, porque nadie invierte para tener retornos negativos o cercanos a cero a perpetuidad. Y no es solo una cuestión de salarios y precios relativos: también pesa la costumbre. Quien pagó cierto precio durante años, o décadas, lo toma como referencia. 

Dado esto, habría dos herramientas para cerrar esa brecha sin abandonar el principio liberal.

  • La primera es la captura de valor: una estación nueva valoriza el suelo que la rodea, y hacer que parte de esa valorización financie la obra es cobrarle al que se beneficia, no al contribuyente en general, ajeno a la obra.

  • La segunda, si hace falta un subsidio, es subsidiar a la demanda y no a la oferta. Hoy la mayor parte del subsidio sigue yendo a las empresas, y lo poco que va a la persona es la Tarifa Social. La propuesta es invertir esa proporción: que el subsidio lo reciba el usuario en su SUBE y no el operador. Así la tarifa puede ser sostenible para el proyecto sin que el costo caiga sobre el vecino de la periferia.

Pero aun cerrando esa brecha, queda lo central: el problema no es solo el nivel de la tarifa hoy, sino la previsibilidad de la regla que determinará los ingresos del concesionario durante décadas. No resulta atractivo tomar posesión de un servicio, asumir una inversión enorme y después descubrir que la tarifa puede ser modificada por terceros por razones políticas hasta un punto en el que ya no sea posible recuperar la inversión. Es exactamente lo que le pasó a la Anglo.

Y esta parte sí depende de la Ciudad: se resuelve con una regla tarifaria automática fijada por ley. Una reforma de la Ley 4472 sería el lugar natural para escribirla. 

Problema B: Sistemas Fuera del Subte

Pero eso tampoco alcanza. La demanda del subte depende, entre otras cosas, del precio de sus sustitutos. Y uno de los principales es el colectivo.

Cambios en el precio relativo entre ambos servicios modifican la demanda potencial del subte y, por lo tanto, modifican el caso de negocio de cualquier concesionario. Una política que abarata artificialmente un sustituto puede alterar significativamente la demanda del otro. Y esto no es hipotético: desde 2024, el boleto de subte cuesta alrededor del doble que el mínimo del colectivo, y la red lo pagó. En el primer cuatrimestre de 2025, el subte tenía un 20,7% menos de pasajeros que en el mismo período de 2023; el colectivo, apenas un 4% menos. 

Desde el punto de vista del inversor, eso introduce un riesgo adicional: no alcanza con saber cuánto va a ser la tarifa del subte mañana. Hay que saber también qué reglas regirán durante años en los mercados que, desde afuera, determinan su demanda.

Un privado racional no pone cientos de millones de dólares si un jefe de gobierno apurado por ganar una elección puede congelar la tarifa o abaratar artificialmente el colectivo hasta vaciar el subte. Pedir “que venga el privado” sin resolver eso es slogan, no propuesta.

Por eso, una concesión de largo plazo necesitaría garantías mucho más amplias que una simple autorización para operar el subte y fijar precios en él. Las garantías deben incluir cuestiones ajenas al propio subte. En rigor, el valor de una concesión depende de variables endógenas y exógenas al propio contrato. O sea, previsibilidad sobre las reglas tarifarias, sobre los servicios sustitutos y sobre las condiciones generales que determinan la demanda. La cosa se empieza a complicar, ¿no? Aun así, tiene solución.

Parte de este problema también está en manos de la Ciudad: desde el traspaso de las 31 líneas de colectivo que circulan solo dentro de CABA, el precio relativo entre colectivo y subte ya no depende únicamente de Nación. 

Problema C: Riesgo Argentino (Laboral, Cambiario, etc)

Después aparece el problema más conocido: el riesgo institucional y macroeconómico.

Un inversor que analice el negocio del subte porteño no tendría que mirar solamente la rentabilidad intrínseca del proyecto. También tendría que incorporar el riesgo regulatorio, el riesgo macroeconómico, el riesgo cambiario, las posibles restricciones futuras al giro de utilidades al exterior, las condiciones laborales y las relaciones con los sindicatos.

Eso puede elevar significativamente el costo de capital. Y acá aparece una distinción importante desde el punto de vista financiero: el problema no es simplemente que el proyecto tenga bajo retorno. Es que el costo de capital que se le exige al proyecto para que un inversor quiera arriesgar su plata en Argentina (en jerga financiera formal, la "WACC") puede hacer inviable un proyecto cuyo retorno social sea elevado.

Es decir: aun con A y B resueltos, un proyecto puede ser socialmente valioso, económicamente viable en lo local (que haya demanda y que los usuarios paguen la tarifa técnica), pero financieramente inviable bajo determinadas condiciones de riesgo. Sobre todo, cuando el populismo local llega al poder, pues la prima de riesgo siempre termina multiplicándose varias veces por medidas como el cepo cambiario. Un clásico nacional, y posiblemente el mayor destructor de business cases por estas latitudes.

Este riesgo, a diferencia de los dos anteriores, no lo controla la Ciudad: ni el riesgo país ni el cepo dependen de ella.

Por eso, con estos tres problemas sobre la mesa, no alcanza con concesionar: antes hay que construir las condiciones.

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3. Entonces, ¿qué hacemos mientras tanto?

Ahí aparece el problema verdaderamente interesante.

Si el first best (mejor alternativa) es que la infraestructura sea desarrollada y operada con capital privado, pero las condiciones actuales no permiten estructurar fácilmente ese negocio, existen 2 posibilidades:

a) esperar indefinidamente (pueden ser décadas), o

b) trabajar para modificar esas condiciones. 

Y mientras tanto aparece una pregunta perfectamente razonable: ¿por qué no hacer algo respecto de la infraestructura que la ciudad necesita hoy?

El objetivo no tiene por qué ser la perfección instantánea: también puede ser mejorar lo existente. Y más cuando el costo de oportunidad del gasto actual es alto: partiendo de una baja calidad del gasto, reasignar partidas cuesta poco y rinde mucho. Es el caso actual de CABA, donde ahorrando dos o tres años de pauta oficial se podría financiar el tan necesitado viaducto de tres vías en el FC Sarmiento, la obra que resolvería el mayor trauma de transporte de la ciudad. La vara, en cuanto a calidad y prioridad del gasto, está en el subsuelo.

Es cierto que el Sarmiento es una línea nacional, y que los viaductos del Mitre y del San Martín los financió Nación. Pero los ejecutó la Ciudad, a través de AUSA: la capacidad existe. Las demoras las sufren los porteños, y es la Ciudad la que tiene el incentivo para resolverlas. Que Nación haya financiado los anteriores no es argumento para que la Ciudad no financie este. 

Un libertario más estricto diría que si el costo de capital mata el negocio, no debería construirse nada con impuestos: en todo caso, se trabaja en arreglar las reglas y se espera. En un mundo donde la plata que no se invierte vuelve al bolsillo del contribuyente, tendría razón.

Pero hay un segundo argumento, más tosco y más difícil de eludir: ese no es el mundo en el que vivimos. La plata ya salió del bolsillo del contribuyente y se gasta igual: en pauta oficial, en arreglos innecesarios de veredas por falta de planificación, en estructuras duplicadas, en ñoquis, en la "puesta en valor" del autódromo, en cajas negras como Visit BA, en una Legislatura sobredimensionada. La comparación relevante, entonces, no es con un Estado mínimo imaginario, sino con esta burocracia hipertrofiada. Esperar no es neutral: es seguir pagando todo eso mientras el Sarmiento sigue partiendo la ciudad al medio. 

Hoy estamos en el peor de los mundos. El progresismo reinante gasta mucho y mal, y no hace las obras caras que la gente necesita. El liberalismo de manual mira con recelo un viaducto o un tramo de subte porque no encaja en el ideal. Resultado: las obras no se hacen y se sigue gastando en estupideces.

Lo ideal es recortar ese gasto y devolverlo; más adelante muestro que se pueden hacer las dos cosas. Y aun quien dude de la obra pública como transición puede coincidir en algo básico: entre un ñoqui y un viaducto, el viaducto gana. No porque sea perfecto. Porque el statu quo es peor.

Y para alguien que vive en la periferia, esto no es solamente un debate sobre balances públicos. Es tiempo de vida. Ahí es donde la discusión sobre infraestructura deja de ser una discusión abstracta sobre CAPEX (inversión de capital) o asignación del presupuesto, y pasa a ser una discusión sobre libertad efectiva y calidad de vida. 

4. Gestión pragmática como puente a la privatización 

Mi propuesta tiene antecedentes. Es la lógica que ya se aplicó, con diferentes grados de éxito, en otras empresas estatales heredadas a nivel nacional. El objetivo no fue abrazar la estatización, sino sanear las compañías para que, en el futuro, sean activos atractivos para el capital privado. 

Además, esta estrategia evitó abrir demasiados frentes de ataque de la oposición y los sindicatos, pues un cierre o privatización hostil, en un contexto adverso de transición de modelo económico como el de 2024, podría haber significado un golpe político difícil de metabolizar. Por todo esto, considero que ha sido lo contrario al libertarismo de manual que cree que el solo hecho de ser estatal condena a una empresa a la ineficiencia.

Tomemos Aerolíneas Argentinas. La gestión anterior la recibió con una pérdida operativa promedio de USD 400M anuales. Ya con Milei al frente en 2024 logró su primer superávit operativo desde su estatización en 2008, de USD 57M, y en 2025 lo duplicó a USD 113M. Más importante aún: redujo su deuda en más del 40% y, por primera vez desde su reestatización en 2008, no requirió fondos del Tesoro Nacional. Hoy es una empresa saneada y con patrimonio neto positivo, mucho más cerca de ser una empresa privatizable que la carga que era hace unos años.

El caso de YPF es distinto, pero igualmente instructivo. La nueva gestión reconoció de entrada que parte de sus activos estaban sobrevaluados: al cierre de 2023 registró un deterioro de USD 1.782M sobre campos maduros, decidió desprenderse de ellos y concentrarse en Vaca Muerta, que es lo que realmente rinde. Limpiar el balance antes de mostrarlo es exactamente lo que vuelve atractivo un activo para el capital privado. Mientras tanto, el precio de la acción naturalmente se multiplicó casi x5 desde entonces.

Al subte le puede pasar lo mismo. La discusión no es "estatal sí o estatal no". La discusión es cómo se transiciona hacia un negocio que atraiga la inversión privada. Una red en expansión, bien gestionada, con reglas claras y una tarifa sostenible, es un activo que el mercado querrá tener. Cualquiera sea la transición, por definición, será siempre mucho más fácil atraer capital privado a un negocio que da ganancias luego de un glow-up, que a uno al que se le ven las telarañas desde lejos. Más directo aún: es posible una gestión pragmática que puede sanear un activo estatal para hacerlo más privatizable.

La gestión nacional ya demostró que, con las personas correctas y sentido común, pueden revertirse históricos derroteros negativos en tiempo récord. La transición que propongo no solo es necesaria para mejorar el servicio hoy: es la estrategia más efectiva, y con antecedentes recientes, para hacer factible el ideal liberal mañana.

5. Los números permitirían ambas cosas: bajar impuestos Y hacer obras

La cuestión fiscal es inseparable de todo lo anterior. Si existe margen para bajar significativamente el gasto público de CABA, entonces la discusión no necesariamente tiene que plantearse como una elección binaria entre bajar impuestos o invertir en infraestructura.

En un análisis presupuestario desarrollado por nuestro equipo técnico sobre el presupuesto de CABA, la hipótesis planteada es que existe margen para un recorte relevante del gasto total anual, de al menos un 10% y potencialmente mayor dependiendo de qué partidas y supuestos se utilicen. Ese recorte es la piedra angular de esta propuesta y lo que la distingue: en las últimas décadas, nadie se animó a hacerlo. La audacia de ese recorte es lo que separa al liberalismo real de los experimentos de centro-izquierda que presenciamos en los últimos tiempos. 

Eso abre la puerta a un escenario diferente. Para dejarlo más claro: no se defiende una expansión fiscal, sino reducir el tamaño del Estado. Pero se gasta tanto y tan mal que hay margen para reducir el tamaño del Estado porteño y, en simultáneo, ejecutar algunas obras estratégicas puntuales.

  • Por un lado, una reducción importante de la presión tributaria, incluyendo ABL, Patentes e IIBB.

  • Por el otro, una política de infraestructura de magnitud suficiente como para transformar la conectividad de la ciudad. Focalizada en los proyectos más urgentes.

Por ejemplo, se pueden bajar tranquilamente 7 puntos del gasto anual para financiar una baja de impuestos (de aproximadamente USD 1.000M al año), y en simultáneo invertir 3 puntos del presupuesto en infraestructura. Que totalizarían aproximadamente USD 400M anuales (Ver esquema más abajo).

Desde esa perspectiva, el escenario que se plantea es bastante simple:

  • Motosierra sobre el gasto de menor retorno.

  • Baja de impuestos.

  • Inversión en infraestructura con impacto real.

  • Y, paralelamente, trabajar para preparar el terreno institucional para que, en el futuro, una mayor parte de la inversión pueda ser asumida por privados. Por ejemplo, reduciendo la discrecionalidad con la cual se subsidia o deja de subsidiar el transporte en CABA.

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Ese último punto es importante: la intervención estatal no debería convertirse en un argumento para que el Estado permanezca indefinidamente donde podría retirarse.

6. No podemos permitirnos otra década perdida

Todo esto tiene una última restricción: el tiempo. La infraestructura que no se construye hoy tampoco existirá mañana. Y una década en materia de transporte no es gratis. Son millones de viajes realizados bajo una red que no se expandió, millones de horas adicionales de viaje y oportunidades que no se materializaron. Un costo de oportunidad difícil de dimensionar en términos de productividad, tiempo, libertad y calidad de vida. 

Un ejemplo puntual: según un estudio de nuestro equipo técnico, se pierden entre USD 50 y 100M al año por las demoras y el colapso de tránsito que provocan más de 20 barreras y 30 pasos del FC Sarmiento. Hablamos de una pérdida de productividad neta, además de un empeoramiento significativo de la calidad de vida de quienes habitan y transitan la zona. Todo por no haber realizado una obra de unos USD 300M (Viaducto de 3 vías). Una inversión que se recuperaría en 3 a 6 años. O, con un recupero de entre 6 y 12 años, si en vez de viaducto se optara por el soterramiento en CABA.

Por eso la comparación con otras ciudades latinoamericanas resulta inevitable. Mientras Santiago de Chile continuó la red de subte de manera significativa, construyendo nada menos que 46 km en la última década, en Buenos Aires solo inauguramos 5 estaciones nuevas en el mismo período. Unos muy magros 3 km (Sólo 6% vs. Santiago). Y aún más grave, ninguna estación desde 2019. Nada.

No se trata de copiar a Santiago ni de asumir que cualquier kilómetro adicional de subte es automáticamente bueno. Se trata de preguntarse por qué una de las ciudades más grandes de América Latina puede quedar durante tantos años con una expansión tan limitada de su red mientras otras ciudades continúan invirtiendo en conectividad.

La discusión, en definitiva, no debería reducirse a “Estado sí” versus “Estado no”. El verdadero problema es cómo pasar de la ciudad que tenemos a la ciudad que queremos. El ideal liberal puede ser perfectamente compatible con una estrategia pragmática de transición.

  • Sincerar tarifas con una regla fijada por ley, que diga contra qué se indexa y cuándo se completa la convergencia. 

  • Prohibir los subsidios a la oferta, tanto en subte como en colectivos, y, si hace falta, admitir solo subsidios focalizados a la demanda, iguales para todos los modos.

  • Obligar a la Ciudad a compensar al concesionario cada vez que se aparte de la regla tarifaria.

  • Limitar por ley, en lo que sea competencia de la Ciudad, los conflictos que impidan la operación o la ejecución de obra.

  • Ofrecer un esquema tipo RIGI porteño: estabilidad de los tributos locales, compensación plena ante una eventual expropiación y arbitraje internacional.

  • Pelear en Nación lo que no depende de la Ciudad: el acceso al mercado de cambios y el régimen de huelga en servicios esenciales.

Son todos elementos que debemos trabajar para esa transición. Transición absolutamente necesaria si pretendemos hacer factible el ideal liberal en materia de transporte público pesado. 

El first best puede seguir siendo privado. El problema es que el camino hacia ese first best depende de las condiciones de partida. Por eso, la discusión sobre el subte no es, en última instancia, una discusión sobre si alguien es suficientemente liberal o suficientemente estatista. Es una discusión sobre incentivos, riesgo, infraestructura, costo de capital, restricciones institucionales y, sobre todo, sobre el costo de seguir esperando.

La idea es clara: recortar gastos superfluos (al menos USD 1.400M), bajar impuestos (al menos USD 1.000M), reasignar una parte de ese ahorro a obras de alto retorno (al menos USD 400M) y, mientras tanto, reescribir las reglas que harían posible que el privado entre después.

Porque la ideología dice hacia dónde quiero ir. La realidad me obliga a decidir cómo llegar.

Liberal-pragmático en estática. Libertario en dinámica.

Y si alguien sigue pensando que un liberal no puede hacer obra pública en ningún momento ni lugar porque Milei la frenó en Nación, conviene volver a la Sección 0: las premisas siguen siendo ciertas, pero la inferencia sigue siendo falaz. Lo que cambia es el distrito y las condiciones de partida, no el principio ni el ideal liberal al que aspirar. 

La ciudad que inauguró el primer subte de América Latina y que tiene una riqueza por habitante comparable a la de varios países europeos, no puede quedarse anclada en el pasado ni resignarse a un transporte deficiente. Prosperidad también es esto: que ningún viaje dentro de la ciudad lleve más de una hora. Estamos para algo mejor.

Hagamos CABA grande nuevamente. Se puede.


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