Uruguay siempre se ha jactado de ser "la Suiza de América", un oasis de institucionalidad, transparencia y bajo nivel de corrupción en una región plagada de vicios. Ese relato de excepcionalidad, repetido hasta el cansancio por políticos, intelectuales y medios progresistas, ha servido durante décadas como escudo para evitar cualquier autocrítica profunda. Pero los hechos, implacables como siempre, terminan por derribar los mitos más arraigados. Y pocos casos lo ilustran mejor que el de Sebastián Marset, el narcotraficante uruguayo que durante años burló a las autoridades de varios países... hasta que Bolivia, ese país al que muchos miran por encima del hombro, logró lo que el Estado uruguayo no pudo ni quiso: atraparlo.
El 13 de marzo de 2026, en un operativo respaldado por la DEA, las fuerzas de seguridad bolivianas capturaron a Marset en Santa Cruz de la Sierra. No hubo fuga milagrosa esta vez. El hombre que se paseaba por la región con múltiples identidades falsas, que administraba un equipo de fútbol de segunda división y que figuraba en las listas de los más buscados por Interpol, Europol y la justicia de Paraguay, Brasil y Estados Unidos, terminó esposado y extraditado rápidamente a EE.UU. Bolivia demostró que, cuando hay voluntad política y coordinación internacional efectiva, los narcos de alto perfil caen. Punto.












