La economía mundial atraviesa una de las mayores turbulencias de los últimos años. La guerra en Medio Oriente, el encarecimiento de la energía, el aumento de las tasas de interés internacionales y el temor a una nueva crisis financiera están golpeando a las economías de todo el mundo. Argentina no es la excepción. El riesgo país volvió a subir y la inflación sigue ofreciendo resistencia a la baja.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental con las crisis que atravesamos durante las últimas décadas: esta vez Argentina está mucho mejor preparada para resistir los golpes externos. Esto es consecuencia del programa económico que Javier Milei sostiene desde diciembre de 2023, incluso frente a la enorme presión política que busca hacerlo fracasar.
El mundo se está agitando. Mientras tanto, resulta llamativo que quienes hoy denuncian una crisis económica local, atribuida a la gestión de Milei, miren exclusivamente los problemas argentinos, mientras ignoran la tormenta internacional que también golpea a las principales economías desarrolladas.
La tormenta que viene del exterior
Desde febrero, la guerra en Medio Oriente provocó enormes perturbaciones en el mercado energético mundial. El estrecho de Ormuz, una de las principales vías de transporte de petróleo del planeta, se convirtió en escenario de ataques e interrupciones al comercio. Solamente en octubre se registraron 28 ataques confirmados o reportados contra embarcaciones comerciales en la región.
Cuando aumenta el precio internacional del petróleo, se encarecen los combustibles, el transporte, la logística, los servicios públicos, los costos de producción y los alimentos. Esto llevó a que, en septiembre, la Reserva Federal de Estados Unidos aumentara su tasa de interés, y el Banco Central Europeo lo siguió, argumentando explícitamente que el
conflicto en Medio Oriente continúa generando presiones inflacionarias.
¿Por qué nos importa lo que hacen los bancos centrales de Estados Unidos y Europa? Porque cuando las principales economías del mundo pagan tasas más altas, los inversores tienen mayores incentivos para colocar allí su dinero. Como consecuencia, los países emergentes, como Argentina, enfrentan mayores dificultades para conseguir financiamiento y deben ofrecer rendimientos más elevados para atraer inversiones.
De la corrida de 2025 a la recuperación de las reservas
Hace apenas un año atravesamos una corrida cambiaria gigantesca. Frente a la posibilidad de un regreso del kirchnerismo, millones de argentinos buscaron proteger sus ahorros comprando dólares. La demanda de pesos cayó abruptamente, el tipo de cambio alcanzó el techo de la banda cambiaria y el Banco Central tuvo que intervenir vendiendo reservas. Estados Unidos también intervino para respaldar la estabilidad cambiaria, en un momento de enorme incertidumbre política y financiera, gracias a la alianza de Milei con Trump.
El daño fue importante. Una economía que intentaba recuperar su moneda recibió un golpe directo sobre la confianza. Sin embargo, Milei, Caputo y Bausili no se movieron ni un centímetro del programa económico. Gracias a eso, el efecto de la corrida fue muchísimo menor al descalabro en el dólar y la inflación, que hubiera existido sin estabilidad macro.
Durante el 2026 el Banco Central retomó la acumulación de reservas, el Gobierno mantuvo el equilibrio fiscal y el Tesoro continuó trabajando para ordenar los vencimientos y mejorar las condiciones de financiamiento de la deuda heredada. Los resultados están a la vista. Las reservas internacionales brutas superaron los USD 50.000 millones en octubre. Mientras tanto, el tipo de cambio mayorista se mantiene estable.











